La opinión del lector
Una Nueva Luz
Aún vivíamos era invierno, cuando una mañana acudí a la parada del autobús. Había una persona esperando y la saludé con un «buenos días». Era una joven con aire muy jovial y feliz. Iniciamos la típica conversación acerca del tiempo. Si bien era una mañana lluviosa, la temperatura ambiente era suave. Mientras esperábamos me ofreció una pastilla de regaliz. Me comentó que no podía tomar ninguna medicina y que lo que más le apetecía era el regaliz, pues estaba embarazada. En su rostro se dibujó una amplia sonrisa, sus ojos centellearon cuando me dijo que esperaba su segunda hija. En ese momento me pareció el más hermoso presagio: Como la inminente llegada de la primavera. Me manifestó que era muy feliz y que estaba cuidando con mucho amor este segundo embarazo. De hecho comparaba la espera con la emoción de esa gran fiesta que anhelas y que parece que nunca llega. Irradiaba tanta felicidad que era difícil no verse contagiado y rememorar ese torrente de sentimientos que uno siente cuando sabe que va a ser padre. No pude reprimirme y le confesé con gran orgullo que era padre de siete hijos, cuatro chicos y tres chicas, y que además éstos habían enriquecido nuestra ya amplia familia con diecisiete nietos.
Reconozco que las cosas que se aman de verdad son por las que uno realiza esfuerzos y sacrificios, tantos como sea preciso. A lo largo de mi vida he repetido la siguiente frase: «Si los manzanos mueren por las manzanas, entonces ¿por quién han de morir los padres?» Es hermoso ver cómo la vida se prolonga y el apellido no se pierde. Si en tu vida dejas una obra hecha, tú nunca mueres, pues serás recordado cada vez que ésta se exhiba. Pero si los que te continúan y rememoran son tus hijos, ese es otro cantar. De una profundidad y de una belleza indescriptibles.