Diario de León
Publicado por
MANUEL GARRIDO ESCRITOR
León

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Desconozco si Crémer estuvo alguna vez en persona (y obviemos lo de primera, porque nadie puede hacerlo en segunda o tercera), pero es cierto que lo hizo por persona interpuesta: un hombre singular que lo llevó con él al pueblecito donde ejercía de maestro.

No sé si ya antes, pero allá por los años 70 del siglo pasado, sucedió que algunos maestros de ambos sexos, dedicados hasta entonces a la enseñanza en instituciones privadas, sobre todo, pero también a otros menesteres, se reincorporaron al magisterio oficial en vista de la jubilación ya cercana. Los destinos que les tocaban entonces estaban en las escuelas menos solicitadas de los pueblos más remotos, de modo que la incorporación a la vida en el pueblo de estas personas, en general procedentes de otros ámbitos más o menos urbanos, no resultaba precisamente fácil, y era comprensible a sus años.

Yo supe de dos casos en Cabrera, hombre y mujer, pero lo recuerdo sobre todo a él, un hombre ya maduro, al que le tocó en suerte la escuelita de Castrohinojo. Los que fundaran este pueblo buscaron y encontraron un emplazamiento soberbio, orientado al sur-este en mitad de la ladera izquierda en el valle por cuyo fondo discurre tutelar el río Cabrera.

Por la época de la llegada del maestro que recuerdo contaba unos 50 habitantes y unos diez niños escolares. El maestro vivía en realidad en Encinedo, la cabecera municipal, alojado en casa de quien por entonces era toda una institución en esa parte de Cabrera, la sra. Tránsito, y se desplazaba diariamente hasta la escuela en su viejo Citröen.

Era un hombre simpático y hablador, pero su conversación, aderezada con gestos y ademanes que delataban a un nervioso, resultaba a veces algo extraña para la gente. Y ya estamos donde queríamos llegar: estaba o más bien vivía fascinado por Crémer. En efecto, siempre que hallaba la ocasión de un oyente dispuesto o descuidado se dedicaba a ponderar la grandeza del maestro leonés.

Naturalmente, al encomio entusiasta sucedía la ilustración con intervenciones de quien a sus ojos tenía la autoridad del oráculo poco menos que divino. Así es como echaba mano a las cintas de casete que llevaba en el coche, grabadas con las prédicas radiofónicas del maestro y las metía en el aparato.

Yo nunca lo había oído y confieso que quedé un poco asustado ante aquel torrente que se me vino encima, aquella exhibición verborrágica con acentos enfáticos e incluso apocalípticos, subrayada por las miradas de complicidad del devoto. Tampoco volví a oír después semejante verborrea, él me perdone, pero al menos me sirvió para comprender el entusiasmo de aquel hombre fascinado. Lo comprendí con mejor motivo, imaginando su soledad de muchas horas en el viejo coche camino de León o de Castrohinojo.

En el mismo Castrohinojo, pero ya al margen de Crémer, se produjo una curiosa confluencia. Este que digo no lo supo, pero unos años antes que él, también había pasado por aquí otro maestro, aunque superior en el escalafón, porque era inspector, y como tal llegó un día a cumplir las labores de su inspección.

Antonio Justel era de Castrocontrigo y había desempeñado su oficio magisterial en otros pueblos cabreireses. Cuando ascendió, pudo dedicarse a profundizar en ciertas ocurrencias antropológicas e incluso astrológicas, que luego confirmaba sobre el terreno. El caso es que la escuela de Castrohinojo estaba en una casa por debajo del camino en el que se erguía una gran roca redondeada. En una de sus visitas preguntó a las mujeres presentes, madres o no de escolares, si no sabían la condición mágica de aquella piedra bajo la cual se hallaban. La miraron asombradas. No lo sabían.

Oyeron entonces la extraña plática de aquel hombre con pinta de saber mucho acerca de las virtudes en verdad fabulosas, si eran, como él afirmaba, propiciadoras de la generación. Las mujeres de Castrohinojo tenían fama ganada de bromistas y no necesitaron más, para llenar el esqueleto así dibujado por el intelectual con multitud de detalles, todos pícaros y con pícaras sonrisas y otros gestos significantes. El inspector vio en el entusiasmo de las mujeres la confirmación de su desquiciada teoría, que expuso en boletines de su gremio. De aquí, previo paso por volúmenes de fuste más bien fascicular, emigró a otros libros presuntamente serios que la reproducen sin crítica, para acabar bien asentada bajo ese nombre: la Piedra de la Fecundidad o Fertilidad.

Nadie del pueblo antes de la llegada del inspector supo nada de tal cosa. Se trata de un bulo con ese barniz antropológico ciertamente impresionante, pero ya parece imposible recuperar la verdad de su mentira. Otra virtud por cierto tuvo y muy grande, mágica incluso por milagrosa, pero en la realidad más comprobable. Castrohinojo fue durante unos años un lugar de refugio seguro para el grupo rebelde comandado por Manuel Girón, cuyos hombres pasaban allí muchos días de descanso en ciertas casas de todos bien sabidas, incluida la guardia civil.

La aventura terminó, los hombres se fueron y poco después, jugando por el pueblo, un grupito de muchachos encontró en el hueco de la pared de una casa un objeto extraordinario: una bola metálica relativamente grande, de color verde y con escamas, que, al agitarla, dejaba oír un ruido leve como de bolitas de una maraca, mal comparado. Intentaron abrirla y no pudieron.

Por fin uno de ellos, tal vez porque hubiera maliciado la peligrosa verdad, la lanzó precisamente contra la gran piedra. Era por supuesto una granada. Explosionó. No pasó nada, más que el susto de los atrevidos inconscientes. Y he aquí cómo, de adjudicarle algún atributo, mejor que el de propiciadora de la vida por hacer, este de protectora de la vida ya en marcha lo ganó allí en ocasión inmejorable. No ha necesitado repetirlo y mejor así. Y uno se queda pensativo: de haber sabido todo esto, qué gran y apocalíptica prédica no hubiera soltado Crémer y cuál no hubiera sido el arrobo ante ella del hombre que siempre lo escuchaba fascinado en Castrohinojo.

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