Diario de León
Cristina Fanjul
León

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Hay algo en todo lo que rodea a la fiesta de la comunidad que chirría. No me meto con lo de la derrota porque la melancolía es libre, y allá a quién le guste practicar el masoquismo de la memoria o lo que quiera que sea la cosa. Otra cosa (perdón por la aliteración) es lamentar la derrota de una casta, que según creo eso fue lo que hizo Carlos I cuando dio matarile a Padilla, Bravo y Maldonado. Pero, claro, es que los privilegios, cuando se prolongan en el tiempo, se convierten en extorsión y los que los disfrutan suelen pensar que están ejerciendo derechos y aquí el soberano no era el pueblo (más o menos como ahora), mucho menos los caballeros, y mucho menos aún, los intrigantes.

Pero, fuera de la historia, que para eso están los expertos —recuerdo que en la entrega de unos premios Nacionales de Literatura, Julio Valdeón trató de convencerme con la argucia de que también hubo comuneros leoneses. Ante un argumento tan plúmbeo, solo pude dar la sonrisa por respuesta, y la callada, claro— lo que más me irrita de Villalar es lo de la campa. No sé si esta palabra es adjetivo o se sustantiva con la ideología de género, pero lo cierto es que una comunidad con esa celebración no puede llegar muy lejos, vamos, como los comuneros.

No voy a entrar en pormenores, pero las acumulaciones de gente siempre me abruman y creo que las reivindicaciones, sean las que sean, deben hacerse en días de labor y no en fiestas, sean o no de guardar. No entiendo lo del pañuelo morado, que no sé si es por ponernos en plan doliente o porque los muñidores de la cosa quieren celebrar la III, aunque dicen los maledicentes que el color llega por los pendones de Valladolid...

Pero el caso es que mientras siga habiéndolos que entran por el aro de la instrumentalización, nada cambiará. Seguro que los tres villanos ajusticiados por el emperador también sacaron a bailar a los siervos de la gleba en sus luchas de privilegios. La diferencia es que entonces esa danza era el único horizonte posible. Hoy, sin embargo... nada ha cambiado. Y eso que han pasado 500 años.

Peor incluso resultan los de la leonesada del día siguiente, los de los héroes leoneses. Si tuvieran un poco de pundonor se irían a casa a guardar la ropa, pero como no lo tienen, se suben a los arcos y nos obligan a escondernos para que no se nos note el morado de la vergüenza ajena.

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