Diario de León
Publicado por
MANUEL ALCÁNTARA
León

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Las malas noticias que se esperan parecen menos malas, aunque sean horribles. Yo sabía y sufría que Alfredo estaba malo desde hace algún tiempo, o sea, desde los dilatables calendarios finales.

Ya no podíamos ir a su casa con José Luis Garci a tomar gin tonic y, lo que es peor, no podíamos ir a llevarnos un disgusto al verle postrado. Su ejemplar compañera de toda su vida consciente, Maite, nos decía que él ya no estaba para nada, o sea, que no podía invitarnos a compartir una fritada de angulas y una sobremesa moderadamente etílica. Para pasarlo bien hay que desterrarse a la memoria.

Estoy repasando viejas fotografías, que es la única forma donde los amigos no envejecen. Alfredo Landa era un colosal actor nato, o sea, un simulador adrede, según las exigencias del guion.

Los jefes de pista le obligaron a desempeñar el arduo papel de españolito emigrante y el de cateto persistente. Hasta que Garci y Camus no le asignaron un papel digno de sus condiciones, le consideramos todos un payaso bajito, pero después descubrimos su seriedad y su altura. Los intérpretes dependen siempre, no únicamente de los directores, sino del público.

Mi amigo Alfredo Landa era una criatura jovial y responsable, que no desdeñaba los honores, pero que le traían con más o menos cuidado. Creía que su profesión era su oficio y que desarrollarlo con honradez era un máximo orgullo. Eso del landismo, del que se habla tanto, para mí es como una condecoración.

¿Cómo avergonzarse ganándose la vida con aquellas películas, que reflejaban un siniestro ambiente de la postguerra? La guerra la perdimos todos. Incluso los que no la hicimos, porque ya nos la dieron hecha, como a Alfredo Landa y a mí, que nos llevamos pocos años y no nos llevamos ninguna desilusión que no fuera compartida.

Al final, perdió la memoria, pero no descarto poder recordar antiguos tiempos, aunque ni él ni yo estemos en una buena disposición para rememorarlos.

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