PANORAMA
Diagnóstico devastador
Lo ha hecho un socialista de los que podrían ya denominarse «históricos». Ramón Jáuregui, además de haber sido secretario general de los socialistas vascos entre 1988 y 1997, fue vicelendakari del Gobierno Vasco en los ejecutivos de coalición PNV-PSE de finales de los 80 y comienzos de los 90. Zapatero no contó con él al llegar al Gobierno en el 2004, pero posteriormente, en octubre del 2010 le nombró ministro de la Presidencia, puesto en el que estuvo hasta la victoria del PP. En la actualidad, es diputado por Alava en el Congreso y uno de los principales colaboradores de Rubalcaba. Es el coordinador de la Conferencia Política que el PSOE celebrará el próximo otoño.
Pues bien, Jáuregui acaba de decir, en referencia a la clase política que «necesitamos una actitud valiente. No nos podemos poner de perfil ante los problemas, porque o cambiamos o nos echan». En estas palabras del dirigente socialista estaba implícito un mensaje para su propio partido. En las encuestas, el PSOE no solo es que no remonte, sino que proporcionalmente baja más que el PP, e incluso la distancia con la tercera fuerza política, Izquierda Unida, empieza a ser seriamente preocupante para los intereses socialistas.
Esas encuestas ponen de manifiesto que entre los propios votantes socialistas, la valoración del actual secretario general del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, es muy baja y la confianza que inspira es manifiestamente mejorable. Asimismo hay una exigencia de que las primarias para elegir al candidato en las generales del 2015 se lleven a cabo este mismo año sin esperar al que viene, como sería el plan de la actual dirección. Es decir, el tsunami de la opinión pública, y específicamente, del electorado socialista se puede llevar por delante al PSOE si la actual dirección del partido no reacciona con prontitud.
De ahí que las palabras que Jáuregui pronunció pensando en la castigada «casta» política —es ya desde hace tiempo la segunda preocupación de los ciudadanos tras la crisis económica y el paro— se puedan aplicar en toda su literalidad a su propio partido. Con una intención de voto en caída libre; con un líder que sale tan malparado en las encuestas entre sus propios votantes, parece evidente que los socialistas tendrían que hacer algo ya. Enrocarse en unos plazos, en un calendario preconcebido por la misma dirección que es tan cuestionada, lo único que producirá es aumentar el descontento y el número de voces que pedirán un cambio radical.