EL RINCÓN
El dedo en la llaga
Hubiera sido preferible que se lo metieran en otro sitio, igualmente cercano a la espalda, que ahora reside donde siempre. El secreto ha muerto y ahora nos enteramos de casi todo, pero un poco después.
Lo único que faltaba en este tiempo donde los políticos se lo llevan todo es que Aznar, que se sigue pareciendo a Charlot, discrepara con Rajoy, que se parece a don Tancredo. Anda alborotando el ruedo ibérico, que siempre ha sido una plaza partida. La novedad es que ahora están en la plaza los de la misma cuadrilla, aburriendo por igual al mismo público.
Cuando los políticos no pueden hacer nada, hacen declaraciones. Si no consiguen que les retraten en esos actos solemnes, que en el mayor número de los casos son una tontería de solemnidad, se las arreglan para brillar por su ausencia.
La gente no tolera que alguien esté muy visto, pero tampoco soporta dejar de verlo. En el caso, a otra escala, de mi admirado José Chamizo, que lleva diecisiete años como Defensor del Pueblo Andaluz. ¿A quién se le ocurre defender a la que Lorca llamó «la Andalucía del llanto», si no tiene pañuelos para las lágrimas? Lo último que ha conseguido este equívoco líder social es poner de acuerdo al PSOE, al PP y a IU para echarle del cargo. Un logro importante del que no puede presumir aún Mariano Rajoy.
Cuando en España se produce un acuerdo unánime es que ha habido algún equívoco. El más importante, a mi juicio, es el intento de la Unión Europea de poner fin al secreto bancario, pero también es el más difícil. ¿Cómo conseguir que los grandes patriotas adinerados confiesen el dinero que se llevaron lejos de su patria? Este linaje de honrados malhechores situaron sus ganancias bastante lejos, pero sin perderlas de vista. «La impunidad se ha acabado», ha dicho Françoise Hollande. La gente quiere saber donde está lo que les han robado con diversos trucos. El del almendruco y el del salario mínimo.