Diario de León

HISTORIAS DEL REINO

¿Y de lo nuestro, qué?

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margarita torres
León

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Recientes las declaraciones de José Mª Aznar, otrora presidente y hombre que catapultó al estrellato político a Rajoy, parece que a muchos todavía les escuece el tirón de orejas mediático del esposo de Ana Botella. Les ha pillado con el paso cambiado, obligando a cerrar filas aquí, o acullá, mientras la mayoría agacha la cabeza porque sus problemas son bien otros y no están para filias o fobias por conservar sillones, sino para sobrevivir.

Tarea difícil, a veces imposible, en un país en el que Montoro se dedica a perseguir a los pequeños dejando libres las fauces de los grandes, con un estado cuestionado, fragmentado en dos clases cada vez más distantes, rota la ya delgada faja antaño denominada «clase media» y hoy al borde de la inanición. Cada vez parece a todos más normal que un obrero gane la mitad de un sueldo, que huyan los capitales ante el acoso, que suban los impuestos aunque la mayoría de los economistas se echen las manos a la cabeza ante tamaña insensatez. ¿Por qué subir y no recortar de donde se debe y puede?

Me refiero a una reestructuración del Estado. Porque no es normal que en una provincia tengamos Subdelegación del Gobierno Central, Delegación de la Junta que toque en la autonomía, Diputación provincial y, a veces, hasta organismos intermedios que nadie sabe bien para qué sirven pero allí siguen. Propongamos, puestos a mantener sinrazones administrativas, que se recuperen los adelantamientos mayores del Reino de León o de Castilla, el oficio del merino mayor de Asturias y León, los corregidores y los condes medievales. Ya puestos a colocar asesores y parientes…

Plantéense conmigo, por un momento, cuánto nos ahorraríamos de su bolsillo y del mío si desapareciesen tantas instituciones superpuestas y a veces mal avenidas. A lo mejor los recortes en Sanidad y Educación no serían necesarios. O las personas sin hogar de Castilla y León, cuyo número se ha multiplicado casi por tres en los últimos siete años, tal vez no fueran tantas. O las ayudas para alimentos, que se han incrementado en cuatro años más de un 730%, sin entrar en los detalles, sangrantes, que recogen asociaciones como Cáritas en León, Cruz Roja o la Asociación Leonesa de la Caridad. Ya ni nos sorprenden las noticias de los niños que acuden a sus centros escolares sin desayunar, las familias que recurren a la beneficencia para sobrevivir. Tampoco los carteles de «se alquila» donde antaño hubo negocio. Amargo sabor de boca el de esta España.

A veces, amigo Rajoy y señores turiferarios y palmeros que aplauden pero no ayudan a mejorar, conviene pasar a la historia no como el hombre de la eterna espera, sino como el estadista que pudo y supo reordenar administrativamente un país para no asfixiar a sus ciudadanos. ¿O necesita que vuelva Aznar para ello?

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