Diario de León
Publicado por
Bruno Marcos escritor
León

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Hace meses el segundo director que el Musac ha tenido anunciaba que dejaría su cargo a principios del presente año y, ahora, dimite su sucesora sin apenas haber estrenado el cargo. El primero, en sus declaraciones, se dejaba ver impotente para conducir la institución en estos tiempos de crisis crónica y la segunda, en las suyas, dolida por no poder hacer nada ante la injerencia política.

Es oportuno recordar hoy que el Musac surgió en el contexto de un país próspero económicamente y ávido de transformar la política en eventos mediáticos. Además emergía en un territorio que había carecido hasta el momento de políticas culturales, lo cual favorecía la implantación de un modelo paradigmático de la cultura al servicio del escaparate político. Poco importó en aquel momento la necesidad de crear un auténtico museo que abordase la problemática del arte y la contemporaneidad en un lugar concreto, precisamente caracterizado por las carencias. Lo que primó entonces fue la euforia por fabricar una máquina de producir eventos que bien podría haber aterrizado en cualquier parte del mundo porque vivía de espaldas al territorio en el que estaba instalada.

Varios millones de euros de la piel del contribuyente se han ido en este experimento para que, ahora, pocos años después, su autores reconozcan que es inviable, que detrás de los fuegos artificiales no queda nada. Al final, el aberrante oxímoron que inventara su primer director ha reventado, aquel que proclamaba que éste era, nada más ni nada menos, que el «museo del presente». Él mismo lo relataba con lacerante ingenuidad, como Castilla y León carecía de colecciones o fondos artísticos significativos la idea que propuso a los políticos fue crear una colección de arte contemporáneo desde el año 1989, fecha de la caída del muro de Berlín. Este hito histórico poca, o nula, repercusión ha tenido en las expresiones artísticas, y menos en Castilla y León, pero servía de coartada para no ocuparse del arte de los años ochenta, inaccesible por su alta cotización. Así el plan maestro de esta institución venía a hacer tabla rasa y a ignorar gran parte de lo acontecido en la contemporaneidad empastando el museo, con mucho horror vacui, de supuestas quintaesencias del presente, legitimadas únicamente en el gusto personal, y cuyo objeto era ocultar las carencias culturales históricas de nuestra comunidad. El proyecto se tornó absurdo porque se reducía entonces a un museo que abordaba tan sólo una década tamizada por la —muchas veces miope y casi siempre particular— visión de sus directores. Además su funcionamiento se basaba en la adquisición, en una pulsión compradora descontrolada. Esto hizo que el Musac fuera inviable cuando el grifo del despilfarro se cerró y, ahora, imposible de reflotar cuando los políticos piden amortizar ese derroche con las bodegas llenas de un arte que se coleccionó a tontas y a locas.

Es de esperar que un museo surgido de ideas tan perversamente estúpidas se rompa cada dos por tres. Mientras no asumamos su historia como un error no podrá haber futuro para él. Aunque parezca difícil hay que creer que otro Musac es posible.

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