EL RINCÓN
Cerrar ventanas
Casi por sorpresa, como suelen suceder muchas cosas que se esperan, Grecia ha cerrado la televisión pública. Una desgracia que favorece al buen funcionamiento de las televisiones privadas, que suelen administrarse mejor y barren siempre para dentro.
La televisión tiene siempre enemigos, que se reclutan entre los televidentes. Es habitual entre pseudointelectuales desperdiciarla en bloque y zaherir programas más o menos cochambrosos con todo lujo de detalles: señal de que los han visto. Es cierto que la tele nos mete en casa a personas que procuramos evitar en la calle, pero pone a nuestro alcance un recurso maravilloso: apagarla. Tampoco es deseñable la posibilidad de cambiar a otra cadena cuyos eslabones sean más livianos.
Lo que no es lícito es negar en bloque su facultad de ensanchar el mundo, que antes se veía por un agujero y ahora se ve por una ventana rectangular. Gracias a ese maravilloso electrodoméstico hemos visto matar en directo al supuesto asesino de Kennedy y pisar la Luna a unos astronautas disfrazados de buzos. El gran poeta italiano Salvatore Quasimodo fue su cantor épico al festejar la epopeya, cuando «el hombre, con su inteligencia laica», puso un astro junto a los astros.
Me irrita, si bien en menor escala que los niños pasen hambre en los colegios públicos y que los viejos cojan cartones, que mucha gente denigre a la televisión. La caja tonta sería más inteligente en otras manos. Lo que no podemos pedir es que los locuaces cretinos que se quitan la palabra unos a otros sean todos como Sócrates. Eso no es imaginable tampoco en la Grecia de nuestros días, que es la que ha cerrado, de muchos golpes y un solo porrazo, la televisión pública. Cuidado con las privatizaciones, que van siempre a las mismas manos privadas. Hay algo que es de todos o que debiera serlo. Habría que administrarlo como si fuese de cada uno de nosotros como son los parques públicos y como dicen que es el aire. Todavía no hay grandes contratistas que nos cobren por pasear ni por respirar.