La opinión del lector
Vendo banderas
La verdad es que no me gustan las banderas ni en los toros. Me resultan trasnochadas. Creo que están demasiado unidas a adoctrinamientos y fanatismo, que van demasiado asociadas a manipulaciones tendenciosas y conducentes a radicalismos y egoísmos alejados de los intereses reales de los pueblos. Con cada bandera vendería mi patria porque hoy no la necesito para un mundo cada vez mas global; con ella regalo mis egoísmos y escuelas de inmersión. Con ella vendo huelgas y empresas que buscan otra ubicación, y hasta todos los fracasos por intentar un mundo parcelado y distante del sol y la luna comunes. Vendo banderas para plantar en la tierra que se sueña en la soledad; en esa tierra de todos que un día nos han prestado. Vendo banderas para radicales y banderas de otros fracasos ya repetidos. Banderas esteladas, ikurriñas, españolas, kosovares o polacas. ¿Les han preguntados a nuestros jóvenes que se han visto obligados a emigrar, para qué sirven las banderas? Ellas crean las distancias, xenofobias, las fronteras, los caminos con a tajos,… Vendo banderas, sí, baratas para tierras extrañas de patriotas sin patria cargadas de ignorancia; vendo toda esa tierra que ya no me da de comer y tan sólo es moneda de cambio para unos nuevos esclavos. Banderas grandes y pequeñas; banderas que acorralan los ríos y atajan los cielos intentando secuestrar la luna. Banderas que se empeñan en colorear el agua y secuestrar estrellas en mitad del silencio de la noche. Sí, vendo banderas para nuevos totalitarismos independentistas; para nuevas ambiciones de poder y carne de subsidio. Banderas de estameña, seda o paño catalán. Las vendo porque soy de donde me da la gana; porque tan sólo tratan de disimular fracasos; crisis y nunca proteger a los ciudadanos que las ondean ante los constantes abusos de sus administradores. Las vendo porque no son del pueblo, porque es el poder quien las inventa, las diseña, las manipula y las borda a su antojo; las mismas que vende o regala al pueblo para que las ondee y tras ellas esconda sus penas. Banderas mudas que esconden otros fracasos; que se inventan las fronteras y excluyen a quien no piensan igual. Las mismas que ponen límite a la propia libertad y coartan las verdades. Esas que siempre generan en los todopoderosos el síndrome del emperador mientras éstas no se rompan dejando a la deriva a todo un pueblo, y es la fuerza de cualquier pueblo no está en la exclusión sino en la cultura, la educación y la sanidad y nunca en su bandera. No es bueno que el pueblo acabe votando tan sólo banderas. Es preciso que nos acostumbremos a votar cualidades y calidades morales, ideas, realidades. Pienso que seguramente, sin banderas, la maldad hasta sería inofensiva.