Diario de León
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Benjamín Charro. león
León

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¿Qué hay de lo mío?

Y qué hay de lo mío? Es ésta una frase demasiado ligada al enchufismo establecido hasta por Ley en nuestra pobre cultura durante demasiado tiempo. Olvidamos que la acumulación de respuestas amañadas a esta pregunta siempre da como resultado una Administración mediocre, inculta y desmotivada como ha venido ocurriendo con tanto «enchufe» colgado de ella.

Que el enchufismo haya sido habitual y se haya instalado en este país de la forma que ha hecho, sin duda, que ha llevado a lo que hoy padecemos y que por todos los rincones se asemeja a la misma Diputación de Orense con su cacique al frente. Desde cada uno de nuestros organismos, y más, acrecentado con las autonomías, se divisa un paisaje desolador y una España calcinada por los enchufes donde sobrino, sobrinetes, primos, «primas»… han aprendido a sobornar hasta el del puesto del helado de la esquina. Allegados y amiguetes se hacen con las plazas en la administración pública con toda impunidad y a plena luz del día con taquígrafos y legisladores cómplices que amañan y han amañado y diseñado perfiles a la horma del candidato electo desde tiempos inmemoriales. La pena es que la gente lo sabe y hasta lo consiente y continúa votando y votando como si no pasara el tiempo a todos aquellos que repiten y repiten la misma conducta como si nada pasara, como si esto supusiera que pudieran ser otros a quienes, con mayor número de méritos y capacidades les correspondiera la plaza en lid. Con todo lo que está ocurriendo ya no sé si España se reduce a Andalucía o Andalucía y España son una misma cosa; no sé si son eres o son Bárcenas, me ocurre como al Qujijote: ¿Serán molinos? La «fábrica de los enchufes» me confunde y parece que no cesa en su actividad ni le afectan los eres como le ocurre al resto de los mortales que nunca tuvieron padrino en la política o tuvieron una conciencia más honrada o semejante al modelo nórdico.

Es cierto, la piel de toro es distinta, única e irrepetible y, nosotros, a votar, como si nada estuviese ocurriendo. Por eso la desconfianza en los políticos me parece más que justificada e incluso demasiado pobre. No será posible detener esa desafección tan sólo, como diría el señor presidente, «con sentido común». Son demasiados los «enchufes» pegados a grandes honorarios para tan pobres horarios y esto también es corrupción permitida y consentida. ¡Qué difícil debe ser hoy en día ser funcionario independiente de partidos y sin deber nada a nadie, tan sólo con tus propios méritos avalados por tu ética!

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