Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Aparece una mosca carroñera en León que se creía extinguida y, enseguida, hay quienes no pueden evitar la asociación malediciente de ideas, qué obsesión con la política. Si llega a ser un tiranosaurio rex ni siquiera hubieran arqueado la ceja, aunque hubiese aparecido en su calle, pero se trata de un insecto cuyo gusto en materia de cocina no se rige por la Guía Michelín. Pues ya ven, la thyreophora cynophila no está extinguida, como sí lo están la serie Bonanza o Miss Universo 1912. Aquí hambre no va a pasar, desde luego, aunque no podamos ofrecerla tanta variedad como Madrid, que ya en 1944 «era una ciudad con un millón de cadáveres (según las estadísticas)». No es el bicho que uno elegiría como animal de compañía, pero tampoco debemos regirnos por los prejuicios estéticos. Y no es tan fea, su tórax tira para azulado y la cabeza la tiene anaranjada. ¿Y zumba como las demás? Más aún, señora mía: ¡Le zumba el mango! Vivimos tiempos de señales inquietantes. Lo cierto es que el día en que se la dio públicamente por extinguida no debí de leer el periódico, se me pasó su falso adiós. Y ahora aparece con su «ja sóc aqui». La comunidad científica estará preguntándola dónde ha estado, si estudia o trabaja, quiénes son sus padres. Si ha sido la mosca de Arroyo que apechugue. Es lo que tienen las esculturas urbanas, que son promiscuas.

Nuestras madres y abuelas desplegaban contra estos insectos todo un arsenal casero de armas de destrucción masiva. Cayeron como moscas, decimos. Ah, aquellas hazañas bélicas de nuestra infancia. Antes, el diablo cuando estaba ocioso las mataba con el rabo; ahora ya no puede, está muy ocupado en Wall Street.

Qué extraño mes de agosto, espejismo de quietud, con sus problemas agazapados entre la maleza, esperando a que sea septiembre. Una mosca carroñera a la que se creía finiquitada vuelve a zumbar su jazz alado. ¿Casualidad? Somos un país de mosqueados. Pero a nuestras preocupaciones y hartazgos también debemos intentar apartarlos de un manotazo, aunque vuelvan. Así espantaron los suyos nuestras abuelas y madres. Machado reconocía —con piedad— que este animal le evocaba todas las cosas. Vale. Pero si el padre es la mosca de Arroyo que dé la cara.

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