FRANCAMENTE
El oro de Berlín
Para aquellos que le han dedicado a esto de la economía algo más de las dos tardes con las que Revilla adoctrinó a Zapatero me imagino que su paraíso en la tierra estará en Frankfurt. Es fácil reconocerlos. Sacan pecho porque Guardiola está al frente del Bayern, desayunan una Weisswurst y no se pierden una edición de la fiesta de la cerveza, aunque sea aquí, en los destierros de Ponferrada o Cacabelos. Los mismos que ahora hacen genuflexiones a Merkel, antes se las hicieron a Bush a pie de escalerilla. Es lo que tiene ser la primera potencia mundial: que te salen amigos por todos lados. Esos, me sigo imaginando, no tendrán que buscar su futuro lejos de estas tierras, o como se dice ahora, no estarán sometidos a esa movilidad geográfica de la señora ministra. Esos no son la realidad de un país y una comarca que boquea intentando mantenerse con vida. Son los otros, los que preocupan en esta comarca de interior. Los que cada día amenaza con echar Vitorino, los que soportan jornadas laborales de diez horas sin rechistar con la espada de Damocles del «es lo que hay» o los 15.000 que están inscritos ya en la oficina del Paseo de San Antonio. Son esos los que en algún momento se plantearán, sí o sí, el tener que hacer la maleta.
Por eso es bueno saber que, aunque tengamos que pasar por el mal trago de que nos lo digan a la cara en nuestra propia casa, que el Dorado alemán no existe para los pobres. Emprendedores, sí. Profesionales de la rama sanitaria, pues vale. Universitarios, hay que hablarlo. Curritos sin pedigrí, abstenerse, Danke!!! Y así deberían explicarlo a la hora de facturar el equipaje, y, de este modo, evitar desilusiones y sofocos posteriores a nuestros ingenuos exploradores por el mundo.
Mientras la situación no se arregla, siempre podremos ejercer de incisivos emprendedores, que eso sí está bien visto en Europa. Al fin y al cabo, eres tú quien te juegas tu tiempo y tu dinero, y si, al final no sale, el estruendo de la caída no llegará a los oídos germanos de lo lejos que está esto de la Puerta de Brandeburgo. Si en su momento fuimos la reserva espiritual de occidente, malo será que ahora no podamos sobrevivir con un más modesto título de, eso sí, compartido con el resto de regiones del sur, ‘despensa del mundo civilizado’. Por eso desde aquí quiero renegar de los falsos paraísos para los que está reservado el derecho de admisión.