LA GAVETA
Francisco y don Marcelo
El papa Francisco es un estímulo para todo el mundo. Para católicos, agnósticos y ateos, también para los que creen en otros dioses y paraísos. Francisco es un hombre muy inteligente y, seguramente, muy bueno. Eso es lo que decía Borges de su padre: que era muy bueno porque era muy inteligente.
Borges era de Buenos Aires, como el papa Francisco, quien también se llama Jorge, de apellido Bergoglio. Sucede, además, que el hoy papa fue profesor de literatura y gran admirador de la obra de su paisano porteño. ¿Se conocerían alguna vez los dos hombres? Es posible. Borges murió en 1986, cuando el futuro pontífice tenía 49 años.
Este papa sorprende mucho, y aunque entiendo las reservas de quienes dudan de él por haber sido elegido en un cónclave muy conservador, acaso sucedió un prodigio. La cosa tiene toda la pinta. Francisco es espontáneo, no lleva calcetines rojos vaticanos ni zapatitos de nácar pontifical. Él es un argentino de familia pobre que vive en una residencia con otros curas. Ha dicho que Dios es una búsqueda y ahí llega muy lejos.
Con sus palabras y actitudes, deja fuera de juego a un mundo fósil, ritualista y alejado de la vida real. El de una curia obsesionada con el poder y el dinero. Francisco ya ha dicho que nunca fue de derechas y que considera que la Iglesia ha dedicado demasiadas energías al sexto mandamiento. Dinamita pura.
Su figura me lleva a recordar, como reverso, a un célebre prelado que hubo en Astorga. El que me confirmó a mí y a tantos otros chavales. El obispo don Marcelo González Martín, castellano de Villanubla, hombre pomposo y anticuado que por un tiempo quiso pasar por gran renovador. Recuerdo a aquel pastor engreído. Recuerdo su voz impostada y distante, y sus quimeras misionales. Él se proponía enviar cada año cincuenta curas jóvenes diocesanos a África. Para ello construyó el gran seminario de La Bañeza, que hoy es una residencia de ancianos.
Don Marcelo era la antítesis de Francisco. Y además era un hombre de extrema derecha. Enviado como arzobispo a Barcelona en 1966, allí consideraron una afrenta su nombramiento y no pudo resistir mucho. Parapetado en la simbólica sede primada de Toledo, ejerció de reaccionario descomunal. Como un prelado de la Contrarreforma.
Yo le vi por última vez en el funeral de Franco, al que acudí como estudiante curiosón. Sentí los llantos de cientos de miles de personas y vi a aquel rezador de voz cavernosa dirigir el gorigori más grande que hubo en Iberia en más de un siglo. Recordar a don Marcelo y compararlo con el papa Francisco es creer, de nuevo, en que la revolución es posible. La revolución de la dignidad, la sencillez y la alegría.