CON VIENTO FRESCO
Luz de equinocio
Santa Marta de Tera, en tierras zamoranas, es una iglesia de singular belleza a orillas del río nacido en Sanabria y en la ruta mozárabe a Santiago. Arquitectónicamente es un edificio románico de pequeñas dimensiones con planta de cruz latina, cuya pureza de líneas lo convierten en una de las joyas de este estilo en nuestra comunidad. En la fachada sur, aunque no fue su ubicación original, conserva la imagen de un Santiago peregrino, que constituye la representación más antigua de este motivo iconográfico.
La iglesia, resto de un monasterio medieval, guarda una estrecha relación con San Isidoro de León no solo en rasgos estilísticos sino históricos, como recordó el sábado el abad de la colegiata, Francisco Rodríguez Llamazares, en la homilía de la misa que concelebró con otros sacerdotes. Fue donado hace 950 años al obispo Ordoño de Astorga, a cuya diócesis pertenece, por Fernando I por su colaboración en la embajada que, con el obispo de León, permitió traer el año 1063 los restos de san Isidoro desde Sevilla a la capital del viejo reino.
El templo esconde otra singularidad descubierta a fines del pasado milenio y que su actual párroco, Pedro Centeno está poniendo en valor. Durante los equinoccios de primavera y otoño, a las nueve de la mañana hora solar (a las diez en la actual) el óculo de la cabecera del templo deja pasar un chorro de luz que se proyecta durante breves instantes sobre un capitel del ábside en el que se halla representada, sobre una mandorla que sostienen dos ángeles, una figura desnuda de rasgos asexuados y, por haberlos perdido, sin brazos.
Estos dos motivos, los 950 años de su donación a Astorga y el efecto de luz equinoccial, llevaron el sábado, día en que comenzaba el otoño, a varios centenares de personas que abarrotábamos el templo. Las conferencias de los historiadores, Rafael González y Fernando Regueras, y la del catedrático de arquitectura de la Universidad de La Coruña, Juan Pérez Valcarce, explicaron la historia del templo y aclararon los aspectos técnicos, nada esotéricos en palabras del profesor Pérez Valcarce, del porqué de este singular fenómeno.
La discusión fue, sin embargo, muy viva y acalorada en el debate posterior sobre la imagen representada en la mandorla: el alma salvada de un difunto (quizá la de santa Marta, mártir asturicense, patrona del templo, el Salvador). La discusión me hizo reflexionar sobre cómo algo que fue diseñado expresamente para conseguir ese efecto lumínico, con un sentido claro para la gente de otros tiempos, ya no lo tiene para nosotros que lo convertimos en algo esotérico. La luz como metáfora de la divinidad lo es de nuestra desorientada civilización: cegada por destellos breves en una noche oscura.