Diario de León

HISTORIAS DEL REINO

Las verdaderas Cantaderas: detrás del mito

Publicado por
MARGARITA TORRES
León

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León vive inmerso en dos celebraciones de raíz histórica: las Cantaderas, que acaban de celebrarse este mismo fin de semana pasado, y San Froilán, que nos aguarda el siguiente. Ambas nos remiten al Reino de León, a sus orígenes. La primera es una fiesta que reclama la libertad de nuestro pueblo sobre la opresión de los invasores, el fin de un tributo infame. La segunda, la rememoración de uno de los padres del monacato leonés, firme apoyo de la monarquía en su tiempo, de un patrono de León, protector de esta tierra y hace más de mil cien años, obispo de esta diócesis.

En el 711 los musulmanes invadieron la Hispania de los visigodos. Como suele ocurrir en nuestra vieja piel de toro, mal avenidos los indígenas, para los de fuera fue coser y cantar hacerse con nuestras tierras. Aquellos ejércitos de hombres necesitaban mujeres. Y éstas eran no sólo presa fácil, también la mejor forma de dejar bien claro al enemigo quién mandaba y quién obedecía. Está claro que mandaban los moros y tragaban los cristianos.

Exigieron los cordobeses que cada año se les ofreciesen las «mujeres del tributo», como aparecen en las crónicas árabes. De cada extremo del Reino de Asturias, entonces no todavía León, arribaban para su entrega doncellas bien elegidas, que luego serían esposas de notables musulmanes, algunas, incluso, madres de emires y antepasadas de califas. Una mujer se encargaba de tranquilizarlas y acostumbrarlas a sus nuevas costumbres al sur de la frontera. Es la que llamamos, en nuestra fiesta, «la Sotadera».

Cuenta la leyenda, que no la historia real, que, a mediados del s. IX, Ramiro I derrotó en Clavijo a los musulmanes con la ayuda de Santiago. A partir de entonces, dejamos de pagar en mujeres y la sede de Compostela reclamó una contraprestación económica por el auxilio impagable del Apóstol. Si bien es cierto que Clavijo existió, no lo es menos que el resto de la historia, hasta el pergamino eclesiástico, es más falso que un euro de Bin Laden. Pero quedó en el imaginario colectivo el recuerdo del real tributo. Avivado de nuevo al filo del año 1000, por culpa de Almanzor. Hasta una hija de nuestro rey, Vermudo II (982-999), acabó desposada con un príncipe omeya. Aquello se cortó de raíz cuando el Reino de León sacó cabeza y dobló la cerviz del otrora poderoso Califato de Córdoba. Pero esa es otra historia.

El destino de casi todas aquellas mujeres ha quedado silenciado en el olvido. De algunas, las menos, sabemos que alcanzaron el privilegio de parir príncipes. Otras, abandonadas a su suerte, regresaron ya ancianas a un León que les era desconocido. Esa es la realidad histórica del mito de las Cien Doncellas. Nuestra celebración, el recuerdo del triunfo de la libertad sobre la opresión. Celebremos a nuestros mayores.

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