EL RINCÓN
El tacto de la audacia
No todo el mundo sabe hasta donde puede llegar demasiado lejos y por eso hemos hecho un país de sospechosos de distintos rangos, algunos —los menos— son sospechosos de no infundir la menor sospecha.
La intrepidez, que es siempre una virtud en los piratas y alguna vez en los periodistas, no lo está siendo en los jueces. Ellos saben el terreno que pisan y distinguen las arenas movedizas donde no es prudente poner los pies, ya que pueden hacerles perder la cabeza del escalafón.
El infatigable juez Ruz, por poner un ejemplo ilustre, ha imputado al gerente de Cospedal en Castilla-La Mancha, pero ha rechazado citar como testigo a Rajoy en el caso Bárcenas.
Muchos españoles piensan que algo sí tendría que decir, porque se trataron bastante durante años y tenían despachos contiguos. No es que fueran realmente amigos, pero eran algo más que conocidos y que saludados, que son según la clasificación de Plá los tres grados, absolutamente diferenciables de ese afecto puro y desinteresado, casi siempre recíproco, que hace la vida más tolerable y amena.
Como en todas las mejores sospechas de los últimos tiempos, anda por medio algún constructor listo y avaricioso. Algún día habrá que hacerle justicia al gremio, porque casi todos han tenido que pagar al político de turno un porcentaje a cambio de una contrata, además de la tarifa del conseguidor. Se entiende que haya jueces que no quieran aproximarse demasiado a ciertos asuntos, porque huelen que apestan, como el de la adjudicación del contrato de basuras en Toledo. Eso de gestionar residuos debe de ser muy beneficioso, porque hay mucha competencia. Acuden a las adjudicaciones con la nariz tapada o con máscara.
El sábado, día de la Fiesta Nacional de España, se reunieron tres de los más apreciables historiadores españoles para analizar la crítica situación que vivimos, que es mala, tirando a pésima. Los historiadores son siempre necesarios, pero lo que más nos urge son los detectives. Deben preceder incluso a los jueces demasiado benévolos.