Diario de León
Publicado por
PEDRO TRAPIELLO
León

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Tienden los espíritus nobles a escaparase de su prisión por el tejado y no por sótanos o alcantarillas... para ello hacen un agujero en la techumbre cambiando un trozo de vigas y tejas por un ventano al ras y así pueden creer que las estrellas y un cacho de luna gobernarán los sueños con los que huyen cada noche de la miseria de los días y los afanes. Es la claraboya, ojo de cielo que ilumina el lóbrego desván, el ático bohemio, una ventana para ver la panza de las nubes que pasan y en las que viven unas musas ventaneras que le chivan versos al poeta que naufraga o llora.

En las décadas de lentejas con cocos, el desván y la tenada de las Letras Leonesas tenían el techo de espadañas victorianas. Después, en los años 60, cuatro plumas jóvenes reburdiaron en el sosiego de un célebre bar de partidas lleno de ruido, humo, tenderos y funcionarios (el Monterrey ), porque en León todos los partidos, grupos literarios, cofradías y negocios nacen siempre en un bar; y le abrieron furaco al techo espadañal, querían más luz para el rito iniciático de sacrificar lo oscuro, lo viejo y al «padre» (¿qué opinan de Victoriano Crémer?», les preguntó Escapa para el Diario ... y dijo Agustín, creo, «¿quién, Victoriano Crémenes ?... nos suena»).

León tenía ya techo poético y Agustín Delgado, Jose Antonio Llamas, Ángel Fierro y Luis Mateo Díez lo desespadañaron un poco para tener luz de identidad en otros prados y rimas. Nació Claraboya en 1963 (cincuenta años ya) y atrás quedó Espadaña ; después se repetirían otras re-generaciones, padre muerto incluido, como las intentadas por los grupos «Yeldo» o «Barro» con los que practicamente se extinguirían en estas soledades las ganas, el vicio y la necesidad de bautizarse en imprenta, versear en corro y colegiarse en el virtuoso anhelo del rompetechos.

Claraboya no fue ni pretendió ser escuela o estilo, sino cuatro patas de un necesario banco en el que reposa obra distinta y prolija, sendas diferentes y algo raro entre artistas o cazurros: seguir en su lealtad sin rendir su independencia, así que 50 años sí que son mucho. Enhorabuena y admiración. Y vaya por Agustín, que ya se despidió.

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