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Isabel Cantón Mayo Catedrática de Didáctica de la Universidad de León
León

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En estos días nos han sacado los colores como ciudadanos por ser los últimos de Europa en comprensión matemática y los penúltimos en comprensión lectora en el informe Piaac, más conocido como el informe Pisa para adultos. Un vistazo a las preguntas del examen que nos otorga ese sonoro suspenso nos deja perplejos. No es posible que con semejantes cuestiones el suspenso sea general. Son preguntas para niños de 8-9 años. Si ello fuera así, media población no estaría capacitada para salir siquiera a la calle, conducir un automóvil o hacer la compra diaria. Y sin embargo los datos son incontestables y reales. ¿Por qué ha ocurrido ese desastre? ¿Es cierta esa manifiesta incompetencia lectora y matemática en España?

En Alemania, con motivo del primer informe Pisa de los jóvenes de 15-16 años, los resultados fueron también penosos; quedó cinco países por debajo de la media y España era superior a Alemania e Italia. En una viñeta del periódico Der Spiegel un niño de clase acomodada muestra a su padre que, dirige una gran empresa, su libreta de notas: todas suspensas. El niño le pregunta al padre: ¿qué te parece, papá, ¿son los genes o el contexto? Una fulminante reacción del gobierno alemán, que descabezó a todo el Ministerio de Educación, puso en marcha planes de éxito y programas de recuperación, hizo que en los sucesivos informes este país progresara de forma rápida y hoy esté once puestos encima de España. ¿No debiéramos aprender un poco de lo que los demás hacen bien? Finlandia no se ha movido de los primeros puestos, mientras España continúa descendiendo imparable en cada nuevo informe. Ser los segundos y terceros por la cola en matemáticas y lectura y estar a 20 y 30 puntos de Alemania o Estonia, y 19 puntos por debajo del promedio de la Ocde, es un puntaje estadísticamente significativo que nos debe abochornar, en primer lugar; y hacer reaccionar en segundo lugar. Hay que tener en cuenta la correlación positiva existente entre el nivel educativo, la obtención de empleo y la remuneración del mismo. El propio Ministerio de Educación señala que: «el joven español medio se sitúa aún rezagado con respecto a la Ocde, con lo que tiene menos opciones de competir por los puestos de trabajo en un mundo cada vez más globalizado». La Ocde muestra el retraso que varias grandes economías sufren en la formación de sus adultos, entre ellas, España, y advierte de que puede impedir la reducción del desempleo y la recuperación de la actividad económica. ¿Qué nos ha traído hasta aquí?

La población evaluada en el Piaac ha pasado por tres grandes leyes educativas: la Ley General de Educación (LGE), de 1970, y la Ley Orgánica General del Sistema Educativo (Logse), de 1990, y la Ley Orgánica de Educación (LOE) en 2006. Excepto la primera, todas ellas han sido promulgadas por el Partido Socialista. En medio, infinidad de cambios: normativa autonómica, local, nacional y un sinfín de decretos curriculares, organizativos y de gestión de los centros. Se ha creado un magma caótico en la educación de tal forma que lo que la mayoría del profesorado desea es jubilarse. No han incorporado la última normativa y otra contradictoria la sustituye. Esta incertidumbre normativa en la educación es lo más opuesto que se puede encontrar a la línea de las escuelas eficaces y de calidad (escuela entendida desde la Infantil a finalizar la Universidad). Ya me he referido en alguna ocasión a la escuela de las dos culturas: escolástica y romántica. La primera entiende con Savater que a la escuela se va a aprender, que para divertirse los niños se bastan y se sobran solos; se aprende con esfuerzo, trabajo y dedicación. La mente es una tábula rasa donde hay que escribir y acumular conocimientos (educare, instruir). Es la escuela tradicional monástica heredada de las escuelas monacales y catedralicias medievales. Su conexión con la LGE de 1970 es más que evidente. La línea romántica y rousseauniana, entiende que los niños ya poseen los saberes necesarios y que únicamente es necesario sacarlos a flote (educere, sacar, extraer). Se aprende jugando, por impregnación, por contacto con los saberes existentes en la escuela, sin esfuerzo y son pocos los saberes necesarios. El niño debe, ante todo, ser feliz. Esta línea ha impregnado con su filosofía las dos últimas leyes (Logse de 1990 y LOE de 2006) y sigue hoy presente en muchas de las discusiones pedagógico-didácticas de los expertos en foros de investigación. Se olvida en esta línea que Rousseau fue un desastre en la educación de sus propios hijos y en los que le encomendaron.

Sería bueno recordarles a unos y otros la necesidad de buscar un punto de encuentro: la apremiante necesidad de cargar la educación de contenidos de unos y la alegre despreocupación de los otros, nos han llevado hasta aquí. Todo vale, en unos centros educativos que desde el primer nivel al último muestran diferencias insalvables en enseñanza, en exigencia, en concepción educativa y en su organización e implementación. Así podemos tener universitarios que en una materia con media docena de folios en apuntes pasan la asignatura, sin exámenes, con alegres camaraderías en clase, buscando la mínima exigencia y esfuerzo, haciendo juegos en clases universitarias, porque lo importante es participar; mientras otros en la misma materia estudian dos libros, hacen recensiones, trabajos en equipo, exámenes, etc., con un laborioso esfuerzo de dedicación y aprendizaje. La coexistencia de las dos líneas mencionadas y su permanencia en el tiempo nos han traído hasta aquí entre descalificaciones mutuas. ¿No será hora de cambiar y procurar un encuentro y un consenso que nos permita mejorar? Si conocemos el diagnóstico, el tratamiento será posible; sin ello no dejaremos de rodar por la pendiente hacia el abismo alejándonos de las cumbres del saber.

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