Diario de León
Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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El otoño deja extraviados a cientos de perrillos que un día fueron el capricho de la nena o el alarde de papá. Porque después en el piso resultan una lata. Ese desamparo me trajo a Mave hace nueve años, un can alobado y robusto, tierno y leal. Otros no tuvieron esa suerte. Los más fuertes sobreviven vigilando el lugar del abandono, por si el remordimiento hiciera volver a su canalla. Huidizos, sin dejar que nadie se les acerque, tomando el sustento que la compasión deposita en su territorio. El resto va caducando entre atropellos y malos tratos. Lo menciono porque estos días escucho por el campo los disparos de la primera avalancha de escopeteros. A menudo, disfrazados con su atavío montero, que en algún caso incluye hasta pluma en el sombrero. Vienen por el señuelo de la perdiz roja, que no huelen, y acaban colgando del cinto el primer lebratillo que les sale al paso.

En el arranque de la temporada de caza todavía almuerzan con sus perros. Poco a poco algunos van quedando tirados porque no alcanzan a remediar con su astucia los fallos del temblón que los compró. La anterior incursión de los escopeteros fue en verano. Venían a la codorniz y dejaron docenas de perrillos abandonados por los campos. Cruzan las carreteras, se acercan a los pueblos y padecen los desdenes de la crisis. La otra noche, volviendo de León, una can desorientado daba tumbos por la nacional a la altura de Izagre. En medio de las luces, de la lluvia, del ruido motorizado. La temporada se extiende hasta finales de enero y concluye después del campeonato de galgos, un festejo postinero con autoridades y vigilantes a caballo. Luego sucede el espectáculo sangriento de los galgos suspendidos en los pinares, colgados para la agonía. Supongamos que los cazadores salen al campo con su licencia estampillada y en orden: ¿es que nadie se ocupa de los perros?

Cada febrero nos enfrenta con los cuerpos oscilantes de los galgos, gráciles hasta en el trance de su muerte, como testimonio de esa crueldad sanguinaria y fiera. Un año tras otro se reiteran las variantes de la estrategia criminal. Hay quien abraza al galgo después de colocarle la horca y lo deja caer para que el peso estrangule sus vértebras. Otros cuelgan al animal con las patas traseras tocando tierra, de manera que la agonía dure unas horas. Algunos lo dejan atado a un árbol, para que el hambre, la sed y la locura acaben con su resistencia. Ahora es el momento de poner remedio a esa ignominia que acecha en el calendario. Tenemos una ley protectora de animales para maquillar nuestra conciencia civilizada, pero su aplicación se diluye en tantas instancias que el resultado produce náuseas. Y eso ocurre cada temporada, mientras nos preparamos para celebrar la primavera.

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