EL RINCÓN
Problemas de reparto
La alegría dura poco en la casa de los pobres, pero es peor que no se decida a entrar. El Príncipe nos pide reaccionar frente al pesimismo, que también reina anticipadamente. Rajoy convoca al embajador de Estados Unidos por el tenebroso asunto de las escuchas y en la Universidad se piden barricadas. Los campus de soledad y los mustios collados están revueltos. Al pobre señor ministro le está viniendo holgado el traje que quizá no esté hecho a la medida de nadie, aunque él no tiene cuerpo para chaleco, que le dijo aquel sastre a un cliente jorobado.
La coacción en las aulas, con universitarios enmascarados que se mezclan con sus padres y sus profesores, no es caprichosa. Los recortes, el endurecimiento de las becas y la subida de tasas justifican el descontento, pero ya sabemos todos que los estudiantes hacen algaradas, pero no revoluciones. Incomodan hasta que logran acomodarse, pero saben que no hay localidades vacías. ¿Qué queremos?, ¿qué estén muy contentos todos? El porvenir, que antes era un por llegar, se les está retrasando más de la cuenta que han hecho los que pronosticaron el final de la recesión y ahora hay que jugar la prórroga.
Es cierto que necesitamos recuperar la confianza, pero más que una devolución se trata de un encuentro. ¿Cómo se recupera lo que no se tuvo? La alegría, que hay que atraparla porque no suele pasar muchas veces por nuestra puerta, se ha debido de ir a vivir a otros barrios. El calendario del optimismo prevé que España crezca, ya que se está convirtiendo en el país de moda para los que no son españoles. Los de fuera invierten.
El Banco de Santander gana 3.310 millones, un 77% más, y el Sabadell multiplica por dos sus resultados. Que se alegren ellos. Sería mucho pedir que nos sumáramos todos a su júbilo. Lo más probable es que no vayamos a la manifestación.