Diario de León
Luis Urdiales
León

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Las únicas noticias que se esperan en León deberían salir en el boletín oficial; y por ahí no se encuentran referencias suculentas, esas que llevan a la ejecución, a los hechos, al grano, que es de lo que entiende la gente, sobre procesos que avancen la llegada del tren, que entre la espera parece que pierde velocidad punta.

La primera vez que oí a un político leonés propagar las excelencias de la red de alta velocidad, la que le iba a sacar León del retraso periférico y endémico que le persigue desde que esta tierra le puso la zancadilla a Almanzor, la que le iba a acercar al centro en el mismo tiempo que se resolvía una homilía, aún se podía comprar el Diario 16 en el kiosco de la estación. El político vive ahora un retiro merecido, seguro de que a él también se la metieron doblada con las fechas. No hace falta ser más precisos sobre el devenir del kiosco que vendía periódicos; ni siquiera puntillosos en torno al qué fue de la estación, y así evitar epítetos embarazosos.

La llegada del tren a León, el nuevo, el concepto de la alta velocidad que rompe estructuras y usos horarios, engendró la mayor cadena de proyectos faraónicos que jamás se pudo imaginar para este territorio, tan limitado y condicionado por las urgencias perentorias (que sigue sin resolver). El tren, y en torno al tren, se fundó una fábrica de producción de reformas urbanísticas que a menudo cruzaron al limbo de las factorías de ficción literaria apegadas al estilo de Verne. Basta con recordar aquel puente Vecchio elevado y acristalado que iba a conectar Lancia con el barrio de la Vega, que se ultimó en un restaurante de postín de París mientras se apuraban los últimos sorbos a una de las tantas embajadas al extranjero que promovió la política local. Desde aquel abuso de confianza, aquella posibilidad que infló los egos faraónicos y elefantiásicos que padecieron algunos concejales de aquí, no ha habido más. Revoques. El próximo se advierte ya desde el sector ferroviario, que alerta que de aquel desarrollo industrial que iban a aportar los talleres, y del Centro de Control, nada de nada. Aquí no, según desean los que mandan en el Gobierno. La espera por el tren, ciento cincuenta años después de la primera vez, se cuela en el ámbito de un adviento. Está tan avanzado el proyecto que aún no se sabe dónde va a parar; ni siquiera si va a parar. Es el sino de León. Esperar el tren; perder el tren.

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