Diario de León
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PEDRO TRAPIELLO
León

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Tuvo que encontrarse en aquella ciudad como burro en un garaje. Aunque ya estaba familiarizado con las principales ciudades sirias, turcas o griegas, Roma era otra cosa, lo más, la urbe madre, la ubre del imperio, el gran lujo de templos y palacios rodeados de una faja urbana de pobreza en un tiempo en el que llegaban a la ciudad desde todo confín imperial gentes a ofrecerse de esclavos y esperar algunas décadas a ser libertos para obtener así algún día la ciudadanía... lo mismo que esos que llegan hoy a Lampedusa desde el norte africano.

Cuando aquel hombre llegó a Roma no podía olvidar que en realidad era sólo un pescador del mar de Galilea, aunque le hubieran convertido en jefe apostólico treinta años atrás.

Era Simón... o Kefas o Pedro.

Roma no le sentó bien; era ya un abuelo (y no sólo en edad, que tuvo mujer, una hija y las abandonó). Le enchironaban a menudo y acabaron sentenciándole a muerte por terrorismo religioso. Antes ocurrió aquel episodio del Quo vadis cuando Pedro, hartito de la ciudad y su bronca, quiere escapar de ella cruzándosele en el camino de las afueras un Jesús aparecido... ¿ánde vas?... ¡anda y vuelve pa casa!...

Bergoglio, el papa Francisco, andaba de pescador en las barriadas de Buenos Aires y llegó a Roma confundido y apenado ante el lujo desmedido y alardes vaticanos. Y cuando se asomó a la caja de caudales o a las bancas ambrosianas, olió a mierda y pidió lejía.

Quiere limpiar los dineros. Malo.

Hace unos días, el fiscal general de Reggio Calabria ha advertido al Vaticano de la seria probabilidad de que el papa pueda ser objetivo de la mafia calabresa que ha visto trastocado sus sistemas de lavado de dinero negro en las centrifugadoras del Vaticano. No será difícil abatir a un papa tan próximo a las masas en sus comparecencias.

¿Cogerá miedo?... ¿intuye que le puede aguardar el sacrificio de los corderos?... ¿ensayaría un quo vadis particular?... ¿podrían envenenarle con polonio como a Arafat?...

Sócrates no cree que el papa esté gordo... seguro que debajo lleva chaleco antibalas, dice, tal como se le aconsejó desde una publicación de los jesuitas.

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