Diario de León
Publicado por
MIGUEL Á. VARELA
León

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Estuviste recordando un tiempo en el que existían la reflexión inteligente, el argumento razonado, el uso preciso del lenguaje. En el que estaba bien visto el intercambio dialéctico en materias complejas y tenían prestigio aquellos que eran capaces de usar esos recursos de la cabeza frente al desprestigio de los que manejaban las del bajo vientre.

Salvo que te falle la memoria o el tiempo la haya perjudicado más de lo que eres capaz de reconocer, capaz serías de jurar que hubo un momento en el que incluso en medios de masas como la televisión salían gentes que hablaban pausadamente y contaban cosas interesantes en un idioma exquisito, en un castellano límpido y preciso como un bisturí.

La televisión era entonces gris, parpadeante y pobre. No había tampoco mucho donde elegir pero estarías dispuesto a asegurar ante un jurado que entonces escuchaste la voz de gentes como Borges, Cortázar o Pla respondiendo a preguntas bien documentadas de un señor que se llamaba Joaquín Soler Serrano y que dejaba hablar a sus entrevistados.

Y había líderes políticos, crees recordar, capaces de plantear un discurso coherente, cargado de contenido, a la vez crítico y respetuoso, comprensible y pedagógico sin necesidad de engolamientos o dislates. De esto no estás muy seguro pero apostarías algo bueno a que entonces era así.

Te viene todo esto a la cabeza después de ver una función teatral sobre Teresa de Jesús escrita por Juan Mayorga, no sé si el mejor dramaturgo español actual pero sí el más representado en todo el mundo. La obra estaba escrita en un idioma que, aunque lo era, no parecía el nuestro. Un idioma que se podía paladear y que te hacía viajar hacia dentro de ti mismo como la magdalena de Proust.

El autor mantuvo después un encuentro con el público. Y en el escenario había un hombre menudo, discreto y cultivado que decía cosas tan lúcidas, tan sabias y tan poco oídas que te hacían sentir bien.

Se te ocurrió entonces que si en las televisiones salieran más a menudo gente como Mayorga (tiene que haberla: lo contrario sería una catástrofe), el país y sus ciudadanos serían mejores. Te acuerdas de que hubo un tiempo en el que algo de eso se intentó pero, como en aquella novela de Vargas Llosa, te preguntas en qué momento todo se jodió.

Se te ocurrió entonces que la borrachera de verborrea, el griterío faltoso y la mediocridad interesada que se escupe desde la pantalla no es más que una estrategia minuciosamente calculada para cercenar la construcción de mejores ciudadanos porque, con ellos, seguramente tendríamos mejores dirigentes.

La vida, dijo una vez Jorge Riechmann, carece de sentido sin resistencia al mal. El mismo mal que ha cerrado la puerta a la palabra inteligente.

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