Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Estábamos comiendo unos amigos cuando de repente ella dijo: «Y pensar que le estuve enseñando León a Asunta y a sus padres». Hace cuatro años mi amiga, de Santiago como esta familia, les vio paseando en la calle Ancha y les propuso enseñarles la ciudad, detalle típico de la hermandad gallega. Enseguida, la conversación de nuestros grupo giró hacia preguntarle sobre la personalidad de los presuntos asesinos, quienes, como era previsible, no llevaban anunciado en la cara que en ellos el mal permanecía abierto hasta el amanecer. Los monstruos existen y habitan cerca, aunque no siempre agazapados en callejones oscuros. Sin embargo, hasta la monstruosidad tiene sus jerarquías de abyección. «¿Alguno de los que estamos aquí no ha conocido a lo largo de su vida a un monstruo?», pregunté. Todos asintieron. Son una especie minoritaria, pero aún así te los encuentras en los trabajos, incluso hay quienes tienen la desgracia de casarse con uno. No siempre el rostro es la expresión del alma. A veces, sólo los identificas como tales cuando los tienes encima. Ya en casa, mi mente asoció la conversación con otra noticia, a priori sin relación alguna entre ambas: una fotografía del papa Francisco abrazando y besando en la calle a un hombre con el rostro deforme, cubierto de enormes tumoraciones. Antaño los llamaban «hombres elefante». ¿Un monstruo? No, un noble ser humano llamado Vinicio Riva, quien ha contado: «No soy contagioso, pero él no lo sabía. Me acarició la cara, sentí amor. Sólo duró un minuto pero me pareció una eternidad». La monstruosidad nunca es deformidad exterior, sino interior. Además ¿a qué llamamos belleza, a qué fealdad?

Cuando los padres de Asunta contemplaban con su hija las vidrieras ¿eran ya los monstruos que hoy parecen ser, si son ciertas las conclusiones de la investigación? La belleza no siempre amansa a las fieras.

La explicación a un crimen monstruoso suele terminar pareciéndonos decepcionante, por su «simpleza». Todo resulta ser viejo como la vida. El mal puede ser complejo, nunca profundo. En cambio, el bien —como el reflejado en ese abrazo del papa a un hombre deforme— es el gran enigma. Los monstruos pasean siempre solos, incluso cuando van acompañados.

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