Diario de León
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León

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Caminan por la sombra. Llevan los ojos bajos, mirando al suelo, y se sobresaltan por cualquier cosa: un auto que frena su marcha al ponerse a su altura; un niño que persigue a otro con el estrépito propio de una infancia feliz; una pareja que de pronto se detiene en medio de la calle para besarse y parece escrutarlos. Esconden su mirada bajo gafas de rock aunque esté nublado, pasamontañas aunque pique el sol, se dejan luengas barbas que oculten unos labios resecos que son hijos de la ira, greñas de camuflaje, cualquier cosa de quita y pon que los haga pasar desapercibidos de un día para otro. No es miedo, porque tan sólo se temen a sí mismos y a los que son como ellos, sino conciencia, que es un sentimiento revolucionario según Dostoyevski. El mal se ha encarnado en ellos y tal vez les pesa como una losa el sentido de culpa, tal vez nos es más que la estrategia del depredador que siguen siendo y así se emboscan.

Caminan por la sombra. En el pasado, vivían en pisos ocuros con puertas de seguridad y ventanas cerradas. Enterrados en la tenebrosa cueva de la ideología, que impide tener una sola idea propia. Sintiéndose espada y mártir, alma de un pueblo, cuando no eran nada más que verdugos. Ahora el brazo político del terror los recibe meneando con alborozo el rabo de antorchas y banderolas y pasean juntos por las plazas soleadas en una ceremonia de bienvenida que recogen las cámaras, una escenificación de normalidad en la que, pese a tanto esfuerzo, a ellos les chirrían algunos detalles.

Las consignas de orgullo, la cohetería y pirotecnia, la gabarra varada del tiempo. Con el alma cerrada a cal y canto, quizá todavía odian a sus víctimas. En sus momentos de soledad tratan de convencerse de que son héroes, pero el mismo odio que los habita no les deja creerlo. En el futuro, que siempre llega, comprenderán que quien renuncia voluntariamente a su humanidad ya no es hombre sino alimaña.

A unos y a otros los hemos devuelto a casa por Navidad.

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