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EMILIO GANCEDO
León

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Igual que al toro —aunque quizá sea más apropiado compararlo con el buey de viñas, lento y grandón, o con la cachazuda vaca parda—, a León le llevan dando la puntilla desde hace buen montón de años en la que es una auténtica sangría de puyazos dirigidos directamente contra los órganos vitales de esta tierra antigua, vasta y desarbolada. Y como quien arrea mazazos en la cerviz o estocadas al espinazo, se anegaron tres de los valles más hermosos y con mayores posibilidades de nuestra montaña, se hizo de las antaño diversificadas y espléndidas riberas unos monótonos polígonos agrícolas trazados a escuadra y cartabón, los fondos para la reconversión minera fueron descaradamente saqueados, y globalizaciones, falsas modernidades y complicidades gubernativas consiguieron exprimir la red de pueblos leoneses, densa y muy tramada, hasta sacarle la última gota de sangre humana, hasta dejarlos convertidos en feos cascarones vacíos.

Pero la última amenaza parecía la definitiva, porque si algo tienen en común todas las comarcas rurales de la provincia es ese antiguo sistema de autoorganización, el concejo de vecinos, de enorme interés histórico, etnográfico y legal, superviviente de múltiples aventuras -como la documentada y dura pugna con los ayuntamientos desde la misma creación de estos-, un sistema que a pesar de todos los envites ha venido saliendo a flote en contra de corriente. Parece que ahora salvan la piel y seguirán siendo cosa pública, pero la sola intención es ya meridiana: colocar espada de Damocles presta al remate de lo comunal. Sobre el cogote tenemos el descabello y la pretensión, y la idea es que el monte será, o la lucha lo remedia, para aquel que se lo compre; venga vallados y alambre de espinos, y los señoritos a tirar tiros como en dehesa sureña. Si hay un corazón leonés, ese el que late, con todas sus arritmias, al son de la junta vecinal, pero el pueblo ha de arrimar el hombro para defenderlo —¿cuántos presidentes de junta acudieron a la manifestación de León?— sin mirar en facciones ni siglas, y hacer de ellas elementos dinámicos, ejemplos de democracia. Más que nada porque ya es de lo poco que queda vivo en esta tierra.

Y así al menos volverán a susurrar, allá en la sombra:

—Oye, y que no acaba de doblar la rodilla, la gente ésta.

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