TRIBUNA
La mula del portal
Dice la tradición que en el portal de Belén había un buey y una mula la noche que nació Jesús. El Evangelio calla sobre el particular, pero sí dice que había un pesebre. Y como los pesebres se hacen para los bueyes y las mulas, se supone que no andarían muy lejos los usuarios del mismo, y las buenas gentes, ni cortas ni perezosas, los metieron dentro para que dieran calor al Niño recién nacido. Nada más natural. Pues, muy bien. El portal se supone que era bastante amplio para que todos cupieran en él. También el buey y la mula son criaturas de Dios.
Damos por buena la tradición y nadie nos va a decir, ni siquiera el Papa, que allí sobraban el buey y la mula que alguien metió sin permiso de san José y de la Virgen. Como el buey sólo aprendió a decir muuu, le preguntamos a la mula, a la que vamos a llamar Agraciada, porque no sabemos el nombre con que su dueño la conocía.
«¡Hola, Agraciada! ¿Quieres contarnos brevemente lo que ocurrió aquella noche en el portal donde dormías, descansando de tu duro trabajo?».
—¿Cómo no? Pues estábamos el buey y yo a punto de cerrar nuestros ojos cuando oí que se acercaba un pequeño tropel de pasos de personas y animales. A la luz de la luna distinguí en seguida que un señor de larga barba tiraba del ronzal de un borriquillo sobre el que cabalgaba una señora cubierta de pies a cabeza con un amplio manto de vistosos colores. El señor se detuvo a la puerta de nuestro establo y miró hacia dentro observando atentamente las condiciones del lugar. Se volvió hacia la señora y le ofreció sus brazos para ayudarla a descabalgar. Descargó después el hatillo que llevaba con algunos enseres, ató el ronzal del borriquillo a una argolla dispuesta a este menester y ambos pasaron al interior mirando a derecha e izquierda. El hombre dijo a la señora: «Aquí, mi amor. Aquí puedes descansar después que tomemos un trozo de ese pastel de higos que traemos en la alforja».
Así lo hicieron. Pero apenas la señora se había acomodado sobre unos manojos de paja de maíz oí unos vagidos de niño recién nacido y vi a la señora sosteniéndole entre sus brazos y al señor, muy nervioso, ir de un lado para otro, como quien no sabe qué hacer. A veces, lloraba; otras, reía; y repetía una y otra vez: «Bienvenido al mundo, Dios mío y Rey mío». La señora resplandecía como si fuera un ángel del cielo más que una mujer de la tierra.
Así pasó un largo rato. De pronto empezaron a llegar, tocando sus rabeles y cantando, los pastores de alrededor, a los que yo conocía, y fueron dejando a los pies de la señora una cuerna de leche blanquísima, una zamarra de la piel de sus ovejas y hasta un corderillo recién nacido que llevaba en sus brazos un jovencita de rostro angelical. Aun no había salido de mi admiración, cuando un coro invisible de voces infantiles llenó el portal y cien metros a la redonda de una musiquilla embriagadora y todo el entorno se iluminó, como si de repente el sol hubiera regresado sobre el establo.
Así fue transcurriendo la noche y, mientras el buey dormía plácidamente, yo no me perdía detalle de todo lo que veía y no comprendía. Con las primeras luces del alba los pastores se fueron saliendo del establo para ordeñar sus ovejas y amamantar los corderillos. La última en salir fue la niña que ofreció a la señora el cordero, y sin apartar los ojos del niño y de la señora, le dijo a ésta: «Nos veremos en Jerusalén».
En éstas apareció mi amo que, sin enterarse de lo que estaba ocurriendo, me dijo: «Venga, mala bestia, arriba, que es hora de arar el campo de la Julipa para plantar los ajos, y de acarrear la leña para la chimenea, que está la mañana fría como un demonio». Me levanté y me dirigí a mi trabajo pensando si aquel niño no sería un ángel del cielo o algo más que un ángel. Eso vi y eso le cuento. No lo olvidaré jamás, aunque viva cien años.
¡Gracias, mulita! Desde hoy te llamarás Agraciada, porque eres la única de tu raza y del reino animal que has visto nacer al Hijo de Dios, al Rey de reyes, al Señor de los señores, al Príncipe de la paz, al Juez de vivos y muertos!
Nota: La niña que se despidió del Niño al abandonar el portal diciendo que se verían en Jerusalén, se llamaba Verónica, y es la misma que, camino del Calvario, limpió con un blanquísimo paño el rostro ensangrentado de Jesús.