Diario de León
Publicado por
EMILIO GANCEDO
León

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Cuando al Señor Creador de todas las Ciudades del Orbe le llegó el turno de diseñar León, pensó que ya llevaba mucho tiempo comportándose fina y seriamente, sentadote en su poltrona, el cetro en la mano, y le entraron ganas de enredar un poco, de gastarle un bromazo al destino, cosa de alcance, histórica, que quedara para los restos. En el fondo, el viejales era un cachondo.

Así que en cuanto llegó el lacayo de librea con pergamino nuevo y pluma recién afilada, dispuesto a levantar acta de la nueva ciudad, el Señor Creador carraspeó, se aclaró la voz y comenzó a hablar muy solemne: «León acabará siendo su nombre, al igual que el felino, en síntoma de gran poder. Habrá der ser fundada por tropas de imperio que buscaban montes preñados de oro, y la llenarán con sangre indómita y aborigen. Andando el tiempo, sustentará un reino que devenirá en imperio y abarcará la Península casi por entero, y otros reyes y príncipes le rendirán sumisión. De ella partirán Cortes pioneras, y cartas pueblas, y fueros, y leyes por las que se regirán muchos pueblos. Monumentos magníficos arraigarán en su suelo, no sólo catedral y colegiata y convento, también templos con joyas escondidas... y ceñirá todo el recinto una poderosa muralla».

Los criados cuchicheaban entre sí («¿se habrá vuelto loco el anciano»?), asustados y sorprendidos ante tan insólita generosidad, pero lo que no advirtieron fue la risilla del Señor. Por lo bajini llamó más cerca al lacayo y le dictó con un rictus: «Sí, así habrá de ser... pero toda moneda tiene su cruz, y los pobladores de esta ciudad —sobre todo sus gobernantes— serán en tiempos modernos unos envidiosos incorregibles, gente mezquina que no ve más allá de sus narices. Tirarán abajo la mayor parte de sus grandes arcos y puertas, y otros majestuosos edificios; mantendrán como estercolero su barrio más popular, ocultarán sus criptas; olvidarán su pasado o harán de él un pobre cartelón; conderarán al peregrino a un laberinto de cruces y asfaltos, y en cuanto a su magnífica muralla, esa por la que suspirarían mil ciudades, esa sobre la que sería verdadera delicia pasear arriba y abajo, esa...».

Esa ni mirarán para ella. La considerarán, como mucho, un cinto de cantos.

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