FRONTERIZOS
Un saco de dudas
Se le atribuye a Bertrand Russell la sentencia de que «gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se debe a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes llenos de dudas». Sin intención de presumir de lo que uno no tiene, lo cierto es que siempre he sentido un profundo repelús ante las personas a las que no le cabe la menor duda. Esas definidas por Elvira Lindo como «tan sobradas de razones que no tienen sitio en su cerebro para albergar una duda, por muy pequeña que sea».
Personajes a lo que no les cabía ninguna duda han protagonizado algunos de los capítulos más atroces de la historia. Stalin estaba completamente seguro de que artistas como Ajmátova, Mandelshtam, Pasternak o Bulgákov eran peligrosos enemigos del Estado. Hitler estaba convencido de la maldad intrínseca del pueblo hebrero. Franco nunca dudó de la existencia de una conspiración judeo-masónica que intrigaba contra la supuesta grandeza del pueblo español.
Armados de sus certezas, ninguno dudó en firmar sentencias de muerte, órdenes de genocidio y represión para aquellos pobres seres sumidos en un mar de dudas. Y uno se siente poeta anti-totalitario en la Rusia estalinista, rabino de una sinagoga berlinesa en la Noche de los cristales rotos o compañero de una logia clandestina en la España de los años cuarenta.
Entiende uno que es obligación del gobernante inspirar confianza ofreciendo perspectivas halagüeñas y proponiendo seguridad a los ciudadanos. Pero la sombra de la duda pesa más que el poder de la certeza y acaba uno lanzando a la papelera del recelo los firmes mensajes con los que se intenta suavizar la incertidumbre.
Por eso, oigo a Guindos decir que «la creación de empleo en España en 2014 será significativa» y me convenzo de que mis amigos parados tampoco encontrarán trabajo este año. Es leer que Rajoy ha dicho que «lo peor ha quedado atrás» para empezar a sospechar que nos esperan doce meses de pena. Saber que el ministro Soria da alguna esperanza al sector del carbón es prueba evidente de que las cuencas leonesas tienen los días contados. Sin embargo, ya ven ustedes lo que son las cosas, escucho decir a Gallardón que «la ley del aborto no se modificará en el Congreso» y no me cabe la menor duda de que, por una vez, el ministro está diciendo la verdad.
Frente a la frialdad de datos como los de la congelación de la iniciativa pública, el desmantelamiento del sector productivo o la caída demográfica, que se está cebando con especial intensidad en los principales núcleos de población de la provincia, escuchar que lo mejor está por llegar suena a promesa doctrinal tan difusa como la del paraíso para creyentes. Un paraíso sobre el que también tiene uno bastantes dudas.