Diario de León
Publicado por
Antonio Manilla
León

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Nuestro pueblo ha sabido conjugar siesta y política, como los italianos han logrado aunar boxeo y cosa pública. La siesta es un indicador de civilización, como la presencia de truchas en un río es un biomarcador de incontaminación y pureza de las aguas. Una Cámara que sestea sólo puede pertenecer a un país feliz, sin conflicto, instalado en la autocomplacencia. No sabe uno si alarmarse ante las imágenes de nuestros próceres dando largas cabezadas o congratularse de ello, como con los goles de Diego Costa, como con los empates de la Cultural.

La siesta parlamentaria es una de las buenas costumbres hispánicas, como el aceite, el vino o las persianas. Unamuno, férreo defensor y practicante de la siesta, ante los que le reprochaban el exceso de horas de sueño con el argumento de que se pasaba media vida dormido, respondía: «Son ustedes los que están medio despiertos». Convendrán conmigo que son preferibles políticos despiertos, aunque de cuando en cuando peguen el barboquejo al pecho o se toquen los hombros con las orejas, que no otros desvelados pero con un fondo de modorra o sopor permanente. (Véase como ejemplo insomne cualquier declaración de ese Berlusconi de Valladolid que todavía no ha perdonado a sus padres llevar León en el apellido).

Antiguamente, en los pueblos de la ribera del Torío, había un método infalible para medir el tiempo de lo que conocemos como la siesta del monje, ese sueño mínimo y como epidérmico, felino, a flor de piel. Consistía en recostar la cabeza sobre el propio brazo, apoyado en una mesa, mientras en la mano se sostenía una antigua llave de metal: en el instante en el que el cuerpo entraba en los territorios peligrosos que separan la vigilia del letargo, los músculos destensados dejaban caer la llave que con su retintín contra el suelo restituía al durmiente a los terrenos de la realidad y de la tarde. Hoy, en nuestros parlamentos, esa función despertadora supongo que la cumplen a la perfección los teléfonos móviles, con su variadísima letanía de gorgoritos desaforados e inoportunos, con sus vibraciones junto al corazón y la cartera.

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