EL RINCÓN
Perder los nervios
La parcial y restringida legalización de la marihuana en un país donde ya corría como la pólvora ha reclutado entusiastas entre nosotros.
Si le llamamos droga a todo lo que altera nuestra naturaleza en un cierto grado hay que incluir al amor, a la aspirina y al fútbol. ¿Quién que es, no es romántico ni lleva un pastillero? Las estadísticas aseguran que de cada quince personas, una de ellas toma medicamentos para poder seguir siendo una persona. El número aumenta en tiempos de crisis y en este la crisis está haciendo época. Hay quien se mejora sólo leyendo los prospectos de los específicos, pero más meritorio es aún el caso de quienes se sienten bien al guardarlos en ese botiquín que todos tenemos en el cuarto de baño. Hay quien busca remedio para un dolor, pero lo normal es que acuda a él antes de que le duela nada. Otros lo que quieren es ponerse contentísimos cuando están tristes y hay que reconocer que la marihuana, aunque se prohiba la propaganda, tiene muy buena prensa.
Hace algunos años circuló la consigna de «Menos Prozac y más Platón».
Lo que más se busca son tranquilizantes. Los seguidores de Epicuro lo encontraron, en vez de en las farmacias, en la doctrina del filósofo, que predicaba la impavidez ante el azar. Yo, que sufro mucho por mis límites, he encontrado el sosiego relativo en el tabaco negro, que cada vez es más repugnanten, y en el dry Martini, que cada día me sienta mejor. Sospecho que ambos tratamientos serían abandonados por sus fervorosos seguidores si Rajoy nos revelara su secreto. No es que no se ponga nervioso: es que no tiene qué ponerse. El señor presidente está más cerca de don Tancredo que de Parménides o de aquel legendario señor que fue capaz de bostezar delante de su pelotón de fusilamiento. Los españoles somos, al parecer, más irritables que nerviosos y no queremos perder los nervios aunque estemos perdiendo la paciencia. Quizá nos ocurra como a aquellos espectadores del teatro incendiado, que la conservaron hasta morir carbonizados.