Diario de León
Publicado por
JAVIER TOMÉ
León

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Por una conspiración de casualidades, como ocurre casi siempre, conocí a Conrado Blanco en las salas de la Biblioteca Provincial, adonde solía acudir para sus investigaciones y sus cosas. Tenía la prestancia estética de un caballero de los de antaño, dicho sea en el mejor sentido de la palabra, trajeado más chulo que Pichi el del chotis. No tardamos en entablar cierta amistad, cosa fácil para un hombre convencido de que el respeto y la buena educación eran su forma natural de saber estar. No solía permanecer demasiado tiempo en la tertulia, pues al poco aparecía doña Charo en su busca. Hasta en eso tuvo suerte Conrado, pues fue la pieza que escogió en el mercado matrimonial allá por 1957; una elección, como todas las suyas, plena de acierto. En alguna ocasión me invitaron a la casa que tenían aquí en León, por la zona de La Chantría, siempre pendientes ambos de la bandeja de dulces, la surtida botillería o los libritos que me regalaban.

También me ayudó Conrado a la hora de buscar información para la sección que publicamos en este periódico, hace ya un montón de años, sobre la pequeña historia de las calles bañezanas. Una ciudad que naturalmente le ha despedido con todos los honores en el momento de su muerte, puntual como siempre a la cita. No merece menos este gran mecenas, reconocido en su localidad natal con todos los honores habidos y por haber. Entre otros cargos, era cronista oficial de una ciudad que le vio nacer en 1921, época jalonada por pinceladas costumbristas. Muchas de ellas quedaron retratadas en sus capiteles para la historia bañezana, colección que tengo dedicada en mi biblioteca. A la gente buena también les ocurre cosas terribles, y eso fue lo que aconteció a don Conrado tras la muerte de Charo. Somos lo que hacemos, no lo que predicamos, y por ello estoy encantado de haberles conocido.

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