Diario de León
Publicado por
césar gavela
León

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Tal vez hay cuatro Ponferradas. La primera fue la única que existió durante ocho siglos. El burgo de los templarios y los peregrinos; luego la villa agrícola y renacentista y mucho más tarde el solar santo de Enrique Gil y Carrasco, cuyos pasos se quedaron para siempre entre nosotros, los pasos de nuestro paisano más querido y más romántico.

A comienzos del XX nació la segunda urbe, la de la hulla y el tren de Laciana, la que fue afianzándose en dos territorios colindantes y desparejos: de un lado las interminables instalaciones de la MSP y del otro el barrio de la Puebla, que sigue siendo el más grande. Y el que guarda mejor la memoria de la postguerra: los tiempos del maquis y los de la ciudad del Dólar. Años llenos de niebla, también llenos de vida que no cesa y que se recuerda. Porque es justo hacerlo. Y necesario.

A la segunda Ponferrada también pertenece la llegada de Endesa, con el poblado de Compostilla y con la principal oleada inmigratoria que ha vivido el Bierzo. De ese magma forastero surge la tercera ciudad, la más proletaria, la que sucedió a los lados del reino minero de la MSP. Al norte en Cuatro Vientos, puro neorrealismo italiano, y al oeste, el populoso Flores del Sil con La Placa. En Ponferrada 3 vivían casi quince mil personas que permanecieron en el olvido y la desidia municipal hasta que fueron dignamente homologadas desde las alcaldías democráticas.

Parecía que el diseño de la ciudad ahí quedaba, subrayado por las relevantes y modernas ampliaciones del casco viejo y de la Puebla, y que pasarían muchos años hasta que llegara el momento de una cuarta Ponferrada. Y ahí es donde entra la burbuja inmobiliaria, el gran reclamo que obnubiló a ciudadanos y banqueros, a políticos y promotores.

Esa Ponferrada se diseñó en poco tiempo. Con grandilocuencia y deseos de competir con urbes de otra dimensión. La ciudad 4 es el barrio de la Rosaleda; escenario de ampulosos horizontes donde se plantaron edificios coloristas y presumidos, propios de ciudades emergentes de Turquía o del Brasil más irreflexivo.

La cuarta Ponferrada es la única que no es ciudad, pese a los esfuerzos públicos y privados. Se quedó en una provisionalidad incómoda, en una altanería cada vez más hipotecada y huera, más ejecutada en los tribunales y en las oscuras estancias donde trafican liquidadores de sueños rotos. Esa urbe, la cuarta, se ha perdido para mucho tiempo, y cualquier día anchas lianas, descomunales hiedras bancarias y enredaderas de la despoblación la van a convertir en un tramo de selva.

La Rosaleda vive tiempos tristes; el gran eje novedoso ahora es espera y zozobra. Algún día, claro, las cosas mejorarán. Lenta y dolorosamente. Y algún día La Rosaleda será la Ponferrada cuarta, llena de vida y de poetas. De momento, se parece un poco al cementerio. Una imponente ruta de panteones con el Toralín vecino y más perplejo que nunca.

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