FRANCAMENTE
Pedro y el lobo
Sacamos pecho con que el twiter de nuestra policía tiene más seguidores que el del FBI o Scotland Yard. Que gracias a eso, en tiempo récord se consiguió detener, y nada menos que en nuestra capital berciana, al peligroso asesino de un taxista de Salamanca que se encontraba en Ponferrada poniéndose cachas porque en el gimnasio carcelario lo que tienen es otro tipo de mancuernas.
Las cifras que se movieron en torno a esta ciberoperación casi asustan tanto como el propio Barata —que así es como se apellida el fulano—: unos cinco millones de impactos potenciales, 5.400 RT, más de 5.000 personas colocaron en su muro el cartel de ‘Se busca’... Y todo ello en menos de 12 horas. Lo que ya no nos cuentan las estadísticas es la cantidad de avisos falsos o el número de graciosos que, teniendo como deben tener la gracia en el culo, aprovecharían para hacer correr rumores o maledicencias al respecto.
Son las dos caras de una misma moneda. El caramelo y el peaje que hay que pagar en forma de caries. Las rentas que hay que abonar por dejar que cualquier kamikaze pueda jugar a informador.
Son los nuevos tiempos y las nuevas formas por las que algunos optan para consumir información. Unas formas donde a cualquier rumor se enchufa el altavoz hasta subirlo a los altares de la noticia. Y cuando esta mala praxis no acarrea consecuencias al normal desenvolvimiento de las personas se puede tolerar o incluso puede que llegue a provocar hilaridad. Lo malo viene cuando lo que se vomita por estos medios es un caso tan sensible como el de las agresiones sexuales que se han registrado en los últimos meses en Ponferrada.
A día de hoy dos, ni una más ni, lamentablemente, una menos. Sin embargo jornada sí y jornada también, bulo tras bulo, nos tenemos desayunar con que nuevos casos incendian las redes. Casos en los que se detallan con pelos y señales nuevas agresiones: que si una niña en la calle del Cristo, que si una joven en el barrio de Compostilla mientras paseaba a su perro...
El anonimato de unos y la irresponsabilidad de otros son el caldo propicio para que estas bolas vayan engordando. Y de aquí a subir un grado la tensión social sólo hay un paso. Un peligroso paso.
Por eso, no estaría de más que todos recordáramos la moraleja del aquel cuento de nuestra infancia...