PANORAMA
El documento de los alemanes
Como es conocido, unos sesenta empresarios extranjeros, en su mayoría alemanes, que viven y trabajan en Cataluña, han formado una plataforma —«Cataluña sin Europa, no»— y han emitido un comunicado, la Declaración de Barcelona, que llega a la conclusión de que la independencia sería una tragedia en términos económicos. Si Cataluña se declarara independiente, quedaría fuera de la Unión Europea, quién sabe por cuánto tiempo, y sería dudoso que el euro siguiese siendo su moneda oficial. Tampoco tendría financiación a través del Banco Central Europeo ni existiría libre circulación de trabajadores, mercancías, servicios y capitales. Los convenios para evitar la doble imposición y los referidos a la Seguridad Social deberían renegociarse en un largo proceso. Todo acarrearía nefastas consecuencias para la economía en Cataluña».
El abogado Carlos Wienberg, fundador del despacho barcelonés que lleva su nombre, se ha ocupado de aglutinar estas sesenta firmas de un colectivo que tiene prevención y hasta miedo —el miedo de quien se desmarca de la corriente general, que todo lo arrastra acríticamente—. Preguntado por las causas de este temor, la contestación de Wienberg es inquietante: «Tienen miedo a represalias, a perder clientes, a que la ira nacionalista se vuelque en contra de ellos, porque esto puede llegar a ser un fenómeno incontrolable». Para Wienberg, «a los alemanes nos sorprende mucho esta situación, especialmente porque vivimos en una democracia. Pero sabemos de lo que hablamos. En nuestro país hemos sufrido las consecuencias del nacionalismo, hemos visto muchas cosas que no nos gustaban. Y aquí vemos cosas que tampoco nos gustan».
La curiosidad del gobierno alemán se ha manifestado mediante sendas visitas recientes a Barcelona de dos secretarios de Estado: el de Finanzas, Steffen Kampeter, y el de Exteriores, Michael Link, que se interesaron vivamente por la marcha del soberanismo. No es difícil aventurar que esta preocupación no se limita sólo a Alemania sino que alcanza a todos los países que tienen intereses en Cataluña.
Con ser preocupantes estas advertencias y aprensiones, lo más inquietante del escueto Documento de Barcelona es la parte final, que dice textualmente: «Alertamos de los peligros de un fervor nacionalista, que en el último siglo ha traído sufrimientos inmensurables sobre Europa y que tampoco traerá nada bueno para Cataluña».
La Declaración de Barcelona se producía el mismo día en que Joan Rosell, catalán y presidente de la patronal española, rompía con estrépito su ambigüedad y, tras afirmar que «la mayoría de los catalanes ni se quieren ir ni nos queremos ir».
Es muy saludable enriquecer el debate con toda clase de argumentos para que nadie se llame a engaño en esta espinosa cuestión.