Diario de León
Cristina Fanjul
León

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Falta mucho por contar del 23 de febrero, de ese 23 de febrero que fue, según parece, una representación, una farsa, una puesta en escena —sólo falta que nos digan que orquestada por Kissinger— para ‘salvar’ la democracia española. Se ha escrito tanto que ya parece la ceremonia del té, una secuencia de posturas e impostaciones preparada al milímetro, una mascarada de despropósitos, un Deus ex machina que al final nos salvó de ¿qué?. Yo recuerdo algo de ese día. Recuerdo que al siguiente no fui al colegio. En mi casa todo aquello se tomó muy a la tremenda, pero es que eran otros tiempos, y los tanques por Valencia daban algo de miedo. Supongo que es porque al final el viento de los tiempos sopla siempre en contra de los mismos. Recuerdo que la noticia nos la dio mi abuelo. Recuerdo su cara desencajada al llegar a casa. Fue en 1981 ¿no? así que yo, aquel día, tenía diez años. Diez años durante los cuales no había oído hablar de nombres como Sabino, como Girón, como Saénz de Santa María, como José Luis Cortina o Armada. Supongo que aquel día comencé a saber de qué iba todo esto. Y hasta ahora. ¿De qué fue todo aquello? Tantos años y parece que sólo fue la opereta de unos cuantos militares y guardias civiles que después se dedicaron a pintar y a cuidar rosas. Pero esa noche hubo listas. Eran los años ochenta en Europa y alguien permitió que se confeccionaran inventarios de asesinables, nóminas en las que se volvió a hablar de cunetas, de tiros en la nuca y de paredones. Fue a los diez años cuando me enteré de que el nombre de mi abuelo estaba en esas listas. Y eran los años ochenta y los Pirineos, o eso parecía, sólo servían ya para esquiar. Ahora volverán a hablar del elefante blanco, del ‘ni está ni se le espera’, del ¿qué hacía usted aquel día? Pero los que tendrían que contar qué pasó no lo harán. Es el método Lampedusa. Ya saben, hacer que todo cambie para que todo siga igual. De esa manera se crea en la mente del drogado la fantasía de que las cosas no son lo que parecen y así, que pasen veinte años. Han pasado más de treinta, y aquí seguimos, dándole vueltas a lo de siempre, mareando la perdiz, creyendo que todo fue real o un montaje ¿qué más da? Las cañerías del Estado trabajando a tope por el bien común. Pero aquel día hubo listas y aquel gran lodazal parió un negocio que sigue funcionando.

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