FRANCAMENTE
La nube amarilla
Creo que no nos van a llegar las cuarenta cervezas que se tomaron Pablo Carbonell y su Toreros Muertos para convertir en inmortal su ‘Agüita amarilla’, para, en nuestro caso, olvidarnos de la nubecita amarilla retratada días atrás, después de muchos años de no ser más que una leyenda urbana que abrasaba zarzales o teñía tejados de las viviendas de la pedanía de Santo Tomás de las Ollas y poblaciones colindantes.
Ese día no solo se volvieron a mostrar los peajes que hay que pagar por formar parte de una sociedad industrializada, sino que quedó bien a las claras lo vulnerables que somos.
Como en su día sucedió con los ‘hilillos’ del Prestige, que no distinguieron centollas de nécoras, estos humillos amarillos que salen por acá o por acullá terminarán «viajando por el cielo, llegando a tu ciudad, y (tras) diluviar mojará calles, padres, patios de colegio o ayuntamientos», como bien vaticinó Carbonell antes de convertirse en reportero intrépido del Caiga quien caiga.
Terminarán depositados en algún punto de nuestra comarca, sin hacer ascos a ríos, prados, viñas o los campos de hierba sintética en la que juegan los niños en Compostilla.
Y mientras esto ocurre, nosotros seguiremos, vulnerables, riéndonos con envíos de Bollycaos caducados al ministro de Agricultura Cañete o mirando para otro lado, y haciéndonos los suecos, cuando nos dicen que los valores de nuestro carbón, ese que pretendemos que quemen a toda costa en la térmica de acá, están muy por encima de los valores medioambientalmente aceptables ?cómo va a ser eso cierto si, como dice Tarsicio, nuestro carbón es el mejor del mundo mundial?.
Miramos la tele y se nos adormece la conciencia. Nos reímos con los Simpons sin darnos cuenta de que, en muchas cosas, están criticando nuestra forma de vida. Tal vez nos demos cuenta de ello cuando finalicemos igual de amarillos que ellos.
Mientras tanto, conformémonos con la imposición de una multa, si es que llega. Acostémonos tranquilos pensando que serán otros los que libren batallas para las que nadie nos ha dado permiso para ausentarnos. Esperemos a que las directivas europeas resuelvan lo que los gobiernos de aquí no son capaces de clarificar.
Pero eso sí, aclarémonos de una santa vez si estamos de procesión o repicando.