CUERPO A TIERRA
El tipo del rincón
Podría poner que sucedió al final de una conferencia o después de una reflexión del Musac, pero hay cosas que sólo ocurren en los bares. Y, aunque cualquier bar tiene su hora mágica, esa en que las verdades les brotan de los labios a los parroquianos igual que escupitajos, casi siempre cuando se cierra la noche y se abren los corazones, menos calientes por el alcohol que por los golpes injustos de la vida, tuvo que ser en un bar de barrio, ya saben, un local pobre y un poco mal encarado, con sudadera y capucha, anillos de oro moro en los dedos y pintas de buscar bronca por cualquier cosa. Uno de esos locales del León tabernario que Javier Tomé ha rastreado por las cloacas de la intrahistoria para rescatarlos con su brillo de perla antigua y mirada cansada de mujer vuelta.
No sabíamos desde cuándo estábamos allí ni por qué. El oleaje de la noche nos había dejado en aquella playa como a náufragos de la vida y sonaba una música celestial mientras alguien iba tirando monedas a la tragaperras del fondo, que tenía dibujadas unas irónicas palmeras. El aire estaba cargado de tensión, miradas amartilladas y peleas en puertas como noble conclusión a la controversia. Se hablaba de la crisis y las dos Españas estaban prestas a «aliarse» a mamporros, que como todo el mundo sabe es el corolario de cualquier cónclave en hispanas tierras. El alanceo, la única alianza que entendemos.
Entonces, bajo aquella agria atmósfera de lo irreconciliable, apareció el hombre del rincón. No había dicho una palabra ni se había hecho notar. De edad indefinida pero aún resuelta, como si fuera el dueño del local, alzó las trapas, se dirigió con paso de mohín al cuadro de luces y cortó la corriente. Se hizo el silencio pero no la oscuridad en aquella caverna con sus aspirantes a cavernícolas dentro: acababa de entrar la embriagadora luz salomónica de la luna llena con todas las sombras de Platón acompañándola. Y el tipo del rincón, el representante de esa tercera España a menudo invisible, sostenía la puerta invitándonos a salir. Con cara de saber algo que no sabíamos nosotros mientras la noche, viuda de tantos sueños, más blanca y bella que nunca, aposentaba con parsimonia los demorados versos de la helada sobre la perenne prosa del mundo.