SEGURIDAD Y DERECHOS HUMANOS por ARTURO PEREIRA
Ellas se visten de Prada
Miranda le lanza una de sus frases sentenciadoras a su ayudante Andrea: «La gente cree que el éxito es algo que ocurre sin más». La escena es parte de la película El Diablo se viste de Prada. Debo advertir al lector que este artículo no pretende ser frívolo como a menudo se califican las crónicas periodísticas que hacen alusión a la moda y análisis del buen o mal gusto de las mujeres a la hora de vestirse.
Me llamó la atención cómo esa película tras un sentido del humor y aparente superficialidad abordaba cuestiones como la situación de la mujer en los puestos de poder, su lucha por permanecer o atrincherarse en el éxito. Miranda, una ejecutiva cruel del mundo de la moda, representa a la mujer triunfadora en lo laboral y estrepitosamente fracasada en su vida personal. Repetidas veces se ha casado y otras tantas divorciado. Vive por y para su trabajo. Sus sucesivos maridos no aguantan su ritmo ni su inteligencia. Andrea es una joven que quiere ser periodista y el mundo de la moda no le importa nada, es un paso más en su carrera. Poco a poco, se da cuenta que en ese mundo aparentemente carente de valores, Miranda representa la ética del esfuerzo en el trabajo, la inteligencia y que además lo hace todo con elegancia. Las dos comparten algo, sus parejas no asumen de buen grado su éxito.
Como soy hombre y necesito ordenar mis ideas en otras más simples siguiendo al bueno de Descartes, me vi desbordado para obtener conclusiones por mí mismo de esta trama mezcla de ética, reivindicación femenina y glamour. Demasiado para una mente masculina. Reclamé ayuda y convoqué a un café a tres mujeres cuyos requisitos para ser invitadas eran: ser inteligente, trabajadora y elegante. Me rogaron discreción y por ello no daré sus nombres. La elegancia es conocida en ellas tres, la inteligencia la han demostrado llegando a su status laboral. Sí diré que una es directiva de una de las más grandes empresas de nuestra provincia, otra una alta directiva de sanidad y finalmente una tercera profesora de universidad.
Mientras las esperaba en la cafetería y se aproximaban una a una pude apreciar el primer síntoma de seguridad y elegancia. Por algo están donde están. No tenían mucho tiempo pues son mujeres muy ocupadas. Les lancé la primera pregunta. ¿Es más difícil dirigir siendo mujer? La respuesta fue unánime: sí. Bien, hasta aquí algo que todo el mundo al menos intuye. Pero lo que me llamó la atención fue que una de ellas afirmó que si se arreglaba en exceso para las reuniones de trabajo se generaba inmediatamente un ambiente de frivolidad hacia ella.
Esto me hizo reflexionar y enlazar mis pensamientos con la forma de actuar de Miranda. ¿Es que una mujer tiene que dejar su elegancia o simplemente coquetería a un lado para ser considerada en igualdad de capacidades que los hombres? Yo afirmo rotundamente que no. Pero, también entiendo que no lo tienen nada fácil.
Veamos casos prácticos. Una mujer que trabaje con ordenador portátil debe llevar este en su propia funda. Pero es que además debe llevar su bolso personal propio de mujeres donde llevan una casa entera de forma que solo ellas lo saben hacer. Ningún diseñador se ha puesto a pensar en esta necesidad de las mujeres e introducir en el mercado complementos de mujer compatibles con su actividad laboral. Otro caso práctico. Es muy difícil mantener la compostura de las chaquetas y blusas cuando se lleva el citado bolso personal, maletín del ordenador o incluso una mochila si la sufrida profesional se dedica a portar una cantidad importante de documentación.
No hablemos del arte de andar con tacones altos. Incompatibles con las interminables jornadas laborales de las ejecutivas. Alguien puede decir que hagan como muchas ejecutivas norteamericanas que compaginan sus caros trajes chaqueta de la Quinta Avenida de New York con playeros. A mi me parece que es como diría el escritor Fernando Arrabal: «Horroroso».
La mujer tiene más servidumbres que el hombre aún cuando esté al mismo nivel de toma de decisiones. Su condición femenina le sugiere y facilita una elegancia innata que les gusta conservar. Algunos hombres definen este comportamiento como «armas de mujer». Yo les digo al igual que aquellos que atribuían a la mujer debilidad mental, que reflexionen sobre algo tan aparentemente trivial como que los complementos de mujer no estén adaptados a la incorporación de la mujer al trabajo.
Es un pequeño matiz, muy sutil, pero significativo de la actitud hacia la mujer. Las cifras de mujeres en la cumbre son muy escasas todavía. Elegancia y femenina son dos términos que tienden a confluir y a algunos hombres a confundir no viendo más allá de una primera impresión.
Cierto que algunas empresas españolas como Zara o Mango tienen entre sus líneas una que podríamos decir está dirigida a la mujer directiva. Algo está cambiando. Ayudan y es de agradecer. La elegancia de una mujer con altas responsabilidades se comprueba con su forma de ser, estar y pensar, cierto. Pero, esto no es incompatible con el buen gusto por saber armonizar sus capacidades intelectuales con una elegancia en el vestir transmitiendo una imagen fresca y atractiva. Al igual que Miranda y mis tres amigas son muchas las mujeres que tienen el valor de ser como se sienten. Son dignas de admirar, aunque tengan que trabajar 84 días más al año para poder igualar el sueldo de un hombre según informaciones periodísticas recientes.
Quizás podamos empezar a decir que ellas se visten de Zara y Mango porque empiezan a asumir el mando que les corresponde por justicia y capacidad en la sociedad.