Diario de León
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A. González. leónNelly Callejo. Soto de la Vega
León

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A Belarmino

En la mañana del pasado jueves, Belarmino García Moya nos quiso decir adiós. No hacía ni 24 horas que nos habíamos visto por la calle más céntrica de la ciudad, pero las prisas y la premura del tiempo nos habían impedido pararnos a hablar como tantas otras veces habíamos hecho.

Todavía recuerdo cuando empezaste a trabajar. Ya nos conocíamos y fue toda una sorpresa verte por allí con esas ganas tuyas de estar a todas, de asistir a todos los proyectos y ayudar a tus compañeros en cuanto éstos solicitaban tu colaboración. Nunca les negaste y siempre te faltaba tiempo para ayudar. Luego, en los descansos, no parabas de hablar de tu hobby: la Biblioteconomía de los trenes, de tus conocimientos y de las muchas fotos que de éstos tenías.

Así hasta que Lupe irrumpió en tu vida. ¡Qué callado os lo teníais! cuando nos dijisteis a dúo que os ibais a unir para siempre. Tu vida cambió radical, pero todavía recuerdo como seguiste yendo a buscar a la salida del colegio a tú sobrina Inmaculada, a la que tanto querías.

Bueno, Belarmino. Veo que has querido dejar a un lado los radares, los cinemómetros y demás aparatos, y marchar a toda velocidad en uno de tus trenes aunque esta vez sea uno de largo recorrido. Pararás en alguna estación y ya verás como allí, algún día, volveremos a encontrarnos. ¡Un fuerte abrazo, para ti y para Lupe!

Dos varas de medir

España siempre ha sido un país de emigrantes. En el pasado siglo se produjeron dos movimientos importantes de emigración. El primero de ellos durante la Guerra Civil, lo que fue conocido como el exilio republicano. Y el segundo durante las décadas de los años 60 y 70, cuando muchos españoles viajaron a Alemania y Suiza a buscar un futuro mejor del que aquí tenían. Y en este siglo, estamos viviendo otro movimiento migratorio fruto de la crisis económica, social y política. En estas tres ocasiones, los emigrantes no se fueron del país por su «espíritu aventurero», se fueron por necesidad y/o supervivencia.

Pues bien, parece difícil de entender, que con nuestra historia y nuestro presente tengamos un discurso tan incomprensible ante la inmigración. Pero así es. El 6 de febrero murieron 15 personas en aguas de Ceuta o Marruecos, depende de quién cuente la historia, pero al fin y al cabo, en el mar. Murieron por la incompetencia de muchos. Y es obvio que no me refiero a los agentes que pudieron, o no, disparar pelotas de goma, y que pudieron, o no, lanzar gases lacrimógenos. Estos, seguramente acatarán las ordenes que se les mande y en su conciencia quedará cuanta responsabilidad tienen.

Yo me refiero a los políticos de partidos nacionales que se les llena la boca con la palabra inmigración sin saber lo larga que es. Qué están muy lejos de comprender el problema social que esconde y que utilizan los dramas que se producen como armas electorales en Parlamentos que no solucionan nada. Y si, también a esos políticos europeos, que critican las fronteras españolas e italianas, sin creerse parte del problema y mucho menos parte de la solución.

Y es que la inmigración no termina cuando entierren a estas 15 personas. Ni cuando sus familias y amigos les terminen de llorar, nunca olvidar. El problema de la inmigración no desaparece el día que no aparece en la televisión. Su solución requiere de mucho trabajo y mucha inversión, tanto en el origen como en el destino. En el origen porque son países que no tienen un futuro que ofrecer. Y en el destino porque somos países que no entendemos cual es el origen. No entendemos que vienen porque entre morir e intentar vivir, es preferible intentarlo. Subirse a una lancha y hacerse a la mar. Sin tener muy claro si al otro lado de la costa habrá un poquito más de humanidad.

Ahora dicen que hay que depurar responsabilidades. Y en definitiva, todos somos responsables. Todos los somos si no entendemos que no fallecieron 15 subsaharianos, 15 africanos, 15 ilegales o 15 inmigrantes: eran 15 personas, sin etiquetas.

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