FRONTERIZOS
La oreja de Lynch
Al atardecer, en las riberas del Sil, al pie de Ciudad del Puente, corren drogodependientes vigoréxicos, pasean perros los adolescentes sin más futuro que un pasaje solo de ida y vagan jubilados que siguen, obedientes, las recomendaciones del geriatra.
En ese momento, cuando cae el primer sol de marzo y en la tierra hay un temblor sordo que anuncia la primavera, todo es perfecto. En el aire suena una melodía sensual y el tiempo y las cosas sonríen a la cámara, como en el arranque de aquella película de David Lynch que aquí se tituló Terciopelo azul . Luego el plano bajaba arrastrándose sobre la hierba recién cortada y la imagen se detenía en el icono buñuelesco de una oreja humana, putrefacta y comida por las hormigas. La perturbación oculta bajo toda placidez.
Aquí, en las riberas del Sil, cuando el ojo abandona la mansedumbre del plano general, te encuentras con ancianos que cortan madera arrastrada por el río para calentarse, para cocinar una sopa de sobre que caducó ayer, para quemar en el brasero que todavía no ha embargado el banco, para resistir frente a esta helada que nadie pronosticó.
El anciano que recoge madera en el río es una de las muchas orejas cortadas, abandonadas en cualquier rincón de nuestras ciudades. Ofrecen perfiles que habíamos visto en el cine, que nos habían contado nuestros abuelos y de los que sabíamos por documentos gráficos de mundos recién salidos de guerras terribles y remotas.
Pero nos han colocado en un flashback en el que regresamos al peor de nuestros pasados, al mundo gris de la miseria vergonzante, el olor a berza, los calcetines zurcidos y el estómago engañado por el caldo de la caridad. A conflictos territoriales que esconden intereses económicas y nos ponen al borde de la catástrofe. A hombres dispuestos a morir saltando una valla fronteriza. Y a ancianos que hacen leña con los troncos húmedos de la crecida fluvial.
Discutimos apasionadamente sobre una obra de encauzamiento, valoramos encuestas en cuyos resultados solo creen los beneficiados y especulamos sobre los ceses de directivos de proyectos tan mellados como el hacha del anciano que corta madera en el río. Todo asuntos trascendentes, con hueco abundante en los mentideros de café y churro.
Pero el anciano que roba la leña del río, la oreja cortada sobre la suave hierba de nuestros jardines, maneja otra agenda. Y en el humo azul de su sueño solo encuentra la apocalipsis lúcida de Leopoldo María Panero, que le hablará de gentes que se meten dentro de sí mismas y se suicidan.
Yo no recuerdo ahora quién dijo aquello de que hay otros mundos, pero están en éste. Aquí están, en efecto. Pero para encontrar la oreja de Lynch hay que arrastrar la cámara por el suelo.