Diario de León
Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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Con los primeros atisbos de la primavera, el pintor Manolo Jular vuelve al Museo de León para mostrarnos las muescas de su vivencia de la etapa en que el frenesí se encargaba de convertir los sueños en pesadillas y los miedos en esperanzas. Los leoneses tenemos en la enhiesta lucidez de don Miguel Cordero del Campillo el testimonio más noble de aquel tiempo. Hace un par de años, Jular nos anunció la primavera con destellos de su arte digital, porque siempre fue audaz y moderno. Ahora hace recuento de nuestra década prodigiosa en ese espacio luminoso que Luis Grau dirige en el viejo Pallarés. Días atrás se recogió la antológica del maestro Modesto Llamas Gil en el Instituto Leonés de Cultura, coincidiendo con la despedida de Petra Hernández, siempre discreta y cautelosa hasta en el morir. Petra, Modesto, Zurdo, Vargas y Jular son las referencias pictóricas de aquel León.

Jular fue durante años el artista más gruñón de la provincia, un chico de los maristas contaminado de saberes medicinales y geométricos siempre dispuesto a poner la cara y a enseñar los dientes, viniera más o menos a cuento. Aunque entonces nunca faltaban motivos para la dentellada. Manolo tenía un padre librero e ilustrado y una madre que le tejía jerséis maragatos que engolaban su barbado semblante. Lo demás, la dialéctica y los gruñidos peripatéticos, lo ponía él de su cosecha. Además, tenía una novia polifónica que le hacía los dúos en las tabernas los días que no había graves motivos para la circunspección. Manolo Jular hacía en la provincia una pintura matérica, en la estela del malogrado Millares. En el inicio de los sesenta había exorcizado la sala de depuraciones del Palacio de los Guzmanes con una muestra abstracta en tándem con Alejandro Vargas, llegado de París en estrecho parentesco con las corcheas. La irrupción de aquella pintura difusa en una ciudad de retratistas de salón y pinceles a Bermudo supuso un cataclismo.

Poco después, llegó Vela Zanetti con sus murales de iglesia, sus hogazas o gallos trigueros y el panorama estético regresó donde solía. Así que Jular se dio a la agitación y a la faena publicitaria. De su etapa como creativo de propagandas diversas, quedan testimonios inolvidables, impactos cuya expresividad desbordó la limitada acogida del momento. Yo mismo guardo todavía en la memoria algunos de aquellos reclamos. Por entonces Manolo se entregó, oh paradoja, a la recolección folklórica por los rincones de la provincia con Fernando Llamazares y el espigado y huidizo radiofonista José Luis Rodríguez. Hace tiempo que no discutimos, porque Jular se ha vuelto tierno con los años, pero a diario converso con uno de sus cuadros, que me sigue en las mudanzas y me da tierno cobijo en los desconciertos.

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