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CAMINO GALLEGO
León

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Hace seis semanas terminaba esta columna diciéndole a Poridad que si no sabía en qué gastar el dinero que no tiene, que ya le daría alguna pista. Y voy con la primera.

Las facturas de la luz son una carga en cualquier familia y empresa, por cuanto es el medio más directo que tiene el Gobierno para recaudar impuestos. Impuestos mensuales o bimensuales, no anuales como el IRPF. Ya sabemos que más de la mitad de lo que nos cuesta el recibo de la luz no es por nuestro consumo de energía, sino por los impuestos. Por eso, aunque intentemos rebajar el consumo no notamos tanto el ahorro. Pero esto que no se nota mucho en una economía familiar sí puede ser notable en la factura municipal.

En varias ocasiones he escrito sobre la conveniencia de actualizar el alumbrado de casi toda la ciudad, porque muy pocas zonas se libran de la penumbra nocturna. Creo que una buena inversión municipal sería adquirir farolas con pantalla de energía solar (que existen, igual que las hay para las señales de tráfico que hace años están en algunas calles) que aunque sean más caras, a la larga resultan rentables, teniendo en cuenta que no creo que nos lleguen a rebajar nunca mucho esos impuestos del recibo eléctrico.

Si se instalan farolas de este tipo y además se ponen mucho más bajas que ahora, para que den luz a la calle y no se pierda por las fachadas. Si incluso se hace la instalación para que puedan encenderse alternas (una sí, una no) en horas de madrugada y que el sistema tenga una sonda o detector que haga que se enciendan y apaguen de acuerdo a la intensidad lumínica y no al calendario o al albedrío del responsable de turno. Si se hacen todas las cosas antes citadas, el ahorro será considerable y, al mismo tiempo, se estará prestando un magnífico servicio al ciudadano.

Además, si se incluye en esa inversión la compra de un camión (que en los últimos meses ya nos ha costado 18.000 euros su alquiler) para poder reponer las luminarias fundidas y no tener que estar esperando, el ahorro a la larga será completo.

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Si a esto se añade que cada día alguien recorra las calles y dé cuenta de las farolas que no se sabe por qué causa están encendidas de día y se llega a evitar ese despilfarro, miel sobre hojuelas, pues la gestión eléctrica sería perfecta.