Diario de León
Publicado por
Luis Cosmen de Lama.
León

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Existen muchas familias en España que debido a su deficiente situación económica no pueden pagar la factura de la luz y el gas. Tiritando de frío, diente con diente, tienen que soportar la crudeza de los inviernos y, posiblemente, acudir a los comedores sociales para subsistir.

En los años cuarenta, después de la guerra civil, podíamos ver grandes carteles con el lema “Ni un hogar sin lumbre, ni un español sin pan”. Eran aquellos años tan difíciles de posguerra. Algunos se hicieron ricos con el estraperlo, cuando se facilitaban a los hogares los artículos de primera necesidad mediante las cartillas de racionamiento. Entonces, ahora y siempre, algunas familias salían adelante, otras se estancaban y muchas soportaban la crisis con impotencia. Ya hace 75 años que terminó aquella guerra y si hoy tantas familias están pasándolo mal será porque existen cuestiones fundamentales que se han construido como un castillo de naipes.

Entonces los actuales países emergentes eran los que suministraban a España y parte de Europa productos alimenticios, y nunca nuestro país dejó de cumplir sus compromisos de pago, una garantía de la que todos los ciudadanos que hemos conocido otros tiempos nos sentimos orgullosos. Nadie nos amenazó con una intervención bancaria.

La situación actual nos obliga a pensar cómo se ha llegado a esta realidad. Un millón y medio de familias que no tienen ingresos económicos de ningún tipo, jóvenes que tienen que vivir obligatoriamente a expensas de sus padres o abuelos, mayores de cuarenta y cinco años con familiares a su cargo sin ninguna ayuda…

A grandes rasgos la política apunta hacia la globalización, y la sociedad civil española se pregunta algunas cuestiones: el mercado común, y en su momento el sistema monetario europeo, un Estado con 17 autonomías despilfarradoras, un millón de leyes —trescientas mil del Gobierno y setecientas mil de las comunidades autónomas—… La mejor política es la honradez. La ambición, relativismo, mediocridad e incompetencia de ciertos políticos, sindicatos y patronal, no ayudan en absoluto a mejorar el bienestar de los ciudadanos que tenemos la obligación de contribuir a las arcas del tesoro público. Soportar este sistema administrativo que se ha instalado como un dragón de 17 cabezas que engulle lo que le echen parece que se está haciendo insoportable. Una sociedad civil bien preparada facilitará los mandatos de sus gobernantes y los vetará y abandonará exigiéndoles responsabilidades cuando su poder pretenda estar por encima de las leyes. Las instituciones europeas se empeñan en establecer un sistema socioeconómico que no tiene en cuenta las peculiaridades de cada país. Nos merecemos otra clase de políticos y mucha más claridad en las declaraciones de sus portavoces.

La tabla de salvación, según algunos gobernantes, son los “emprendedores”, que representan un tipo de sociedad autónoma, no burocratizada, de pequeños productores. Las sociedades de este tipo, sin embargo, están desapareciendo, quién sabe si por falta de interés por parte del mercado buitre. La nueva confianza que necesita el consumidor no se centra en que las entidades sean solventes, sino en que sus prácticas sean las adecuadas. Siempre la regulación estatal debería proteger los intereses de los colectivos más desfavorecidos frente a abusos como el de la subasta de la luz. Esta globalización está exacerbando las diferencias entre ricos y pobres y se supone que en la UE son conscientes de que la desigualdad puede acabar matando el capitalismo y la democracia.

¿Hacia dónde nos conduce la globalización si los ciudadanos no podemos quitarnos de encima el yugo de la austeridad extrema y los gobernantes siempre repiten la misma letanía?

El crecimiento sin empleo será un escenario con importantes consecuencias políticas, sociales y económicas. Algunas veces se percibe que desean hacerte vivir como una mosca en una botella.

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