León

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Hasta ayer mismo, los leoneses nos dividíamos entre quienes piden las patatas Blas picantes y los que las prefieren sin picar. Ahora, hay otra opción más: aquellos que ya han visto Ocho apellidos vascos y los que no. Este columnista figura todavía entre quienes no la han visto, pero lo intenta. Fui el miércoles y había en las inmediaciones del cine una cola que serpenteaba. Pregunté al último: «¿Ésta es la cola del cine?» Me contestó muy circunspecto: «No, ésta es para decirle cuatro cosas a quien ha dicho que son los trabajadores quienes tendrían que indemnizar al empresario, pagarle una cena cuando son despedidos y además regalarle una placa de recuerdo». Y me señaló otra, mucho más larga. Ya no quedaban entradas. Por lo visto, el personal tiene ganas de guasearse de los nacionalismos y mandangas similares. Resulta sintomático que tenga tanto éxito una comedia sobre un tema del que ya se está tan harto, por su excesiva presencia en los medios y en la política. La explicación ha de ser porque hasta ahora no se había abordado desde el humor. La crisis ha derrumbado muchas falsas solemnidades. Quedan en pie sólo las auténticas.

También con lo nuestro de aquí se podría hacer una buena comedia, aunque el leonesismo no es exactamente un nacionalismo. Se quieren separar de Castilla, vale, pero sólo porque prefieren la morcilla de León a la de Burgos. El leonesista es buena gente, aunque a veces se ofusca con el siroco victimista, la empanada medieval o el ardor faltoso. Ahora tienen sus propias guerras púnicas. Y sí, con tales mimbres se podría hacer una buena comedia de sorna cazurra. Y presentarla en la Seminci de Valladolid, aunque este festival lo presida León de la Riva, que es más de gracejo pucelano.

En el naufragio de la crisis, el buen humor ha sido el madero salvador de muchas situaciones difíciles, en los hogares y en los trabajos. Se trata de una actitud, ni siquiera tiene que ver con cómo te vaya. Es rebeldía, barricada vital, un no pasarán. Y el cine puede ayudarnos a reírnos juntos, a ser posible no sólo el día del espectador. En llionés y en castellano, en chino y en esperanto, en ruso y en morse. Para que nuestras risas no sean sólo, ay, lágrimas del revés.

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