FUERA DE JUEGO
Pagamos todos
Hay ocasiones en que el ruido que genera el paso del tren eclipsa otros asuntos interesantes. En esta ocasión ha sido Comisiones Obreras quien tímidamente ha planteado un tema de esos que están latentes porque nadie se atreve a poner el cascabel al gato. Se trata de la irracionalidad que supone para León la existencia de ayuntamientos con los que comparte hasta alguna señal de tráfico. Fue a propósito del conflicto de la basura que vive San Andrés del Rabanedo y con una argumentación sencilla: fusionar ayuntamientos beneficia a los vecinos, a las propias instituciones y suprime cargos políticos.
Sólo el ahorro en duplicidades de oficinas, servicios, concejales y todo tipo de asuntos sería ingente. Y serviría para dirigir el dinero hacia los temas que realmente afectan a la ciudadanía, hacia las infraestructuras y hacia los servicios públicos.
La situación del alfoz de León con una serie de ayuntamientos que estrangulan a la ciudad genera situaciones realmente llamativas como que dos ayuntamientos puedan llegar a compartir ya no sólo calles sino incluso un colegio, con todo lo que genera de conflictos, porque se trata del mayor centro de este tipo que existe en la Comunidad. Pero como otros tantos temas «delicados» nunca entra en las agendas políticas.
Por aquello de las casualidades la propuesta de Comisiones Obreras coincidió en el tiempo con la decisión del Parlamento italiano de suprimir lo que ellos denominan «provincias» y de apostar en firme por el municipalismo, creando «ciudades metropolitanas» y uniendo ayuntamientos para que sean fuertes y puedan ser eficaces. El ahorro supondrá la eliminación de 3.000 cargos políticos y un ahorro de 800 millones de euros —el triple de lo que necesita toda la minería del carbón para poder subsistir un año—.
La llegada de las autonomías engordó una administración que sigue incrementando sus tentáculos a través de empresas, entes, instituciones... que sirven para dar cobijo a los propios y poco más. Un gasto que al final sólo se sostiene a costa de sablear más a los ciudadanos con ese goteo permanente de subidas de impuestos. Quizás las cosas empiecen a cambiar cuando en el parque, cuando un niño maltrata un columpio, sus padres no miren hacia otro lado porque «no es de nadie» y le llamen la atención con un «¡qué eso lo pagamos todos!».