Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Un año más hemos de romper una lanza por ella. La lluvia no tiene la culpa de ser como es: inoportuna y desmedida. Lo lleva en los genes. Hay que perdonar sus zancadillas de agua, que impiden salir procesiones o las deslucen. Siempre intempestiva. Cuando no cae demasiado pronto, lo hace demasiado tarde. Entiendo la decepción de los papones, pero a veces ésta forma parte de la prueba, de ese aprendizaje constante que es la vida. También en cada etapa de la existencia el Evangelio nos revela matices nuevos. Cuando eres niño llaman más tu atención hechos muy concretos: el padecimiento en la cruz, la traición de Judas y su posterior suicidio, el apóstol que corta la oreja... pero a medida que creces y acumulas vivencias descubres otros pasajes. Por ejemplo, la reacción de Jesús en Getsemaní cuando tras regresar de su intenso retiro antes de ser apresado, se encuentra adormilados a los apóstoles a quienes habían pedido que velasen. Pese a la decepción inicial les perdona, pues comprende que así es la condición humana, de la que él mismo participa. ¿No vamos a perdonar nosotros a la lluvia? Llega sin un hola, se marcha sin un adiós.

Pero todo el Evangelio gira alrededor del perdón. En estos días leía a un famoso escritor y periodista, ya fallecido, afirmar que el Nuevo Testamento sería muy buena literatura si no fuese porque tiene mensaje. Ingenioso, pero revelador de su incomprensión de lo sagrado. Hay quien de la lluvia piensa algo similar: muy agradable, lástima que moje. Es lo suyo: mojar.

En estos días, el papa Francisco ha vuelto a pronunciar palabras profundas y claras: «La Resurrección de Jesús no es final feliz de un cuento de hadas. No es el happy end de una película sino la prueba de que Dios actúa en el momento más difícil, oscuro, la noche siempre es muy oscura un poco antes de que empiece a amanecer». A ratos, llueve, sí. Qué se le va hacer. Al agua no se le puede agarrar por las solapas. No le pidamos al tigre modales de gato, ni a la lluvia comportarse como un arco iris. Climatologías aparte, nuestra semana santa tiene al cielo de su parte, ya que no al alcalde de Valladolid. Es lo que importa. Y quién sabe, quizá perdonar a la lluvia también forme parte de la prueba.

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