Diario de León
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Miguel Pascual. peñalbaIsrael Alvarado González. león
León

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Peñalba está en silencio

En pleno siglo XXI esta preciosa pedanía situada en el corazón del Valle del Silencio se encuentra sin teléfono desde hace más de dos meses y sus habitantes mayoritariamente ancianos indefensos ante tal situación. Parece ser que la compañía telefónica es responsable del mantenimiento del repetidor, pero es el Ayuntamiento quien debe proporcionar un acceso a ésta, para que dicha obra se ejecute. A día de hoy como decía mi abuela «unos por otros, la casa sin barrer». Dada la situación la Junta Vecinal ha decidido asumir la acometida de las obras de acceso, para que la compañía pueda reparar el repetidor. Son los vecinos y no el Ayuntamiento quien asume la responsabilidad y los gastos que se originen. El mérito si lo conseguimos, será nuestro. Gracias por nada.

‘La niña de Santa Ana’

no es un pasodoble

Leída con profundo respeto la columna de Camino Gallego, publicada el Lunes Santo, este humilde papón, desea aclararle lo siguiente: La Banda de Música de la Cofradía del Dulce Nombre de Jesús Nazareno no interpreta pasodobles.

La marcha que usted escuchó al entrar la banda en la plaza Mayor fue La Niña de Santa Ana, una típica composición de palio (alegre, por tanto), dedicada a la Virgen de la Esperanza de Santa Ana de Granada y una de las pocas de autoría femenina. Rocío Bracero (¡qué apellido más cofrade!) es su compositora. Nuestra banda interpreta un total 16 marchas de palio, similares a ésta en cuanto a su musicalidad, pero sin parecerse en nada a pasodobles. Los pasodobles son composiciones en un compás 2x4, mientras que estas marchas de palio (como las que no lo son), se rigen por un compás 4x4, por citar simplemente una diferencia.

César-Bernardo Gutiérrez. Miembro de la Banda del Dulce Nombre

Lo grave

Lo grave no es que empresarios, lícitamente, se enriquezcan; a pesar de que esto pueda suscitar nuestra envidia. Lo grave es cuando el poder favorece y protege a algunos. Por eso, los monopolios, el control del precio y los favoritismos a unas pocas compañías son prácticas propias de las oligarquías mafiosas.

Si la democracia se fundó, como nos hacen saber, en el momento en que un pueblo se pone de acuerdo para no tener privilegiados ante la ley, cómo es que seguimos impasibles las fechorías de estos grupos organizados. ¿Será una cierta insensibilización ante algo que percibimos como real e inmutable?... Dejaré, no obstante, la filosofía a un lado (no es bienvenida en estas latitudes) e iré deslizándome a lo concreto. Lo concreto tiene nombre de comarca, de pueblo; de minoría... Le pondré nombre a su tiempo. Antes, me gustaría hacer notar algo que todos captamos aunque lo tengamos por dormido. La sensación de la desconsideración.

Es un sentimiento (¡claro!) que no se suele tolerar entre personas, cara a cara. Ya que la desconsideración, el no respeto, suele ser un amigo furioso. Si la falta de respeto la recibimos y la asumimos, a causa del miedo u otro motivo, siempre quedará un remordimiento, una pena; frustración. Queda algo.

Pues bien, hay una cierta desconsideración que nos golpea, la notamos, pero no la vemos.

La notamos como algo molesto y asfixiante, y aun así, no somos capaces de advertir qué es, de dónde procede. Eso que nos quita el aire —la libertad— procede en gran parte de un poder que nos paraliza, un paternalismo que cree poseer todos los recursos para organizar nuestra vida.

No, padre, no me da miedo despegarme de tu lado, no quiero que interfieras ni para bien ni para mal en mi vida. Déjame el disfrute pleno de la aventura en la Tierra. No creas que eres más inteligente por poner molinos gigantes en lo alto de las montañas. O cuando apresas un valle, un destino callado. No creas junto a tu séquito de expertos alcanzar la sabiduría completa. Ésta, la sabiduría completa, sólo la podría alcanzar ese que tanto odias. Gracias por estos días en que no se pueden oír los pájaros por centenares de camiones pasando delante de mi casa, exultantes; sin consideración. Sin prestar atención a la flor del cerezo… Camiones cargados con un marcado fin. Un fin dictado desde arriba, desde las cúpulas donde se tejen y manejan los hilos.

Esa comarca es La Cepeda. El pueblo donde ahora vivo también: Quintana del Castillo. Un pueblo normal, como podría ser el de cualquier hijo de vecino. De ahí, lo importante de ser sensible a la minoría. Porque en ella es donde se funda la regla universal para la convivencia. Porque donde se quebranta la ley que protege del abuso del poder, allí, se quiebran los cimientos de nuestra actual sociedad. Y al hombre que se le haya despojado de su razón, no le quedará más camino que el del ostracismo y el de la ventura de vagar como ola en el mar.

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