Diario de León
Cristina Fanjul
León

Creado:

Actualizado:

Una de las verdades de la vida es que con las cosas de comer no se juega. Tampoco con muchas otras. Con el paro, por ejemplo, aunque es lo mismo. Ya somos 56.100, que aquí la miseria se contagia, no se vayan a pensar que hay alguno a salvo. Pero, tranquilos, que ya se puso gallego el presidente y nos recordó el otro día que en esto del desempleo no se puede entrar en detalles. Supongo que últimamente habrá leído a Borges y tuvo un lapsus de criterios. También podríamos decir lo mismo con los resultados electorales: si entramos en detalle...

Otra de las cosas con las que no es conveniente hacer de aprendiz de brujo es con las enfermedades mentales, aunque aquí llevamos mucho tiempo pensando que todo es posible y así nos va. Sí, es necesario incrementar la dotación de ayuda, para ellos y sus familias. Y viene esto a cuento de la terrible muerte de la psicóloga en Palencia, pero no sólo. No puede ser que a un enfermo de esquizofrenia con brotes de violencia demostradas se le deje solo, sin más ayuda que una medicación que en la mayoría de los casos no se toma y que degenera en un peligro para ellos mismos y para la sociedad. Está claro que algo falló en los controles del centro asistencial de San Juan de Dios, pero el problema hay que verlo en detalle, en los miles de casos de pacientes que no reciben de la administración el tratamiento y el seguimiento que un Estado debe asumir y que no hace por una simple omisión de responsabilidad.

Y es que desde que se cerraron los psiquiátricos no se ha encontrado un modelo que compagine los derechos de los pacientes y la seguridad de los ciudadanos. Es una de las cosas por hacer si no queremos que casos como el de Palencia sigan repitiéndose. Siempre hay que ir al detalle, porque es en el detalle donde se esconde el diablo. No se puede confiar en la bondad, sobre todo cuando esa bondad no radica en uno mismo sino en el capricho de una enfermedad, aunque ésta sea invisible. Los pacientes psquiátricos no son rebeldes, no son amorales ni criminales, o sí, pero igual que el resto de la humanidad. Son enfermos, dolientes de un mal silencioso que la sociedad se empeña en no ver, cerrando los ojos ante una herida que, al final, puede habitar en cualquier lugar, en cualquier casa, en cualquier familia, en cualquier momento de la vida. Si seguimos así, terminaremos diciendo como McMurphy: «Debo estar loco para estar en un manicomio como éste».

tracking